No puedo negarlo. Llevo a Valledupar en el alma; en mis venas. Me conmueve su historia, su gente, mis amigos, mis recuerdos, mis vivencias. De hecho, mi permanencia en el interior y el exterior del país donde he vivido por cuestiones de estudio y trabajo, solía ser perturbada por mi intenso sentimiento de la nostalgia. Era como si un botón oculto activara a cada rato mi añoranza por el terruño y me exhortara a regresar. Solo la responsabilidad lograba que culminara lo que la nostalgia no quería.
Nací y crecí en la época dorada de Valledupar, décadas del 80 y 90, época en la cual la ciudad era modelo regional y nacional, mereciéndose con creces muchos títulos honoríficos, en especial el de Sorpresa Caribe: nos hinchaba el pecho de orgullo ver la romería de dirigentes de otras ciudades apreciando e indagando qué y cómo hacíamos aquí tantas cosas buenas y productivas. Había liderazgo y autoridad. Competitividad. Solidaridad. Había trabajo. Abundaban “los novillos gordos y la yuca harinosa…”
Así fui creciendo, formándome en el colegio Gimnasio del Norte, abrevando en la vallenatía de Patillal, regocijándome en los viejos pero sabrosos barrios y pueblos del municipio, oyendo de los viejos sus historias y de los empresarios sus ilusiones… ese menú lo alimento todos los días para no olvidar mi deuda con Valledupar.




