En una de mis caminatas por el parque de mi barrio, un señor delgado, de surcos en la frente, se me acerca y de manera cordial me saluda de nombre. Sorprendido, me detengo y respondo el saludo. Él me dice: “Usted no se acuerda de mí, porque el duro trasegar de mi vida ha dejado huellas en mi cuerpo. Soy Victorino Cantor, fui su alumno aquí en Valledupar”.
Nos sentamos en una banca y me contó su conmovedora historia. “Vivíamos en un pueblo y llegamos desplazados a la ciudad de Valledupar. Éramos cinco hijos. Mi mamá fue una mujer de amores frustrados, cinco hijos y cada uno con padre diferente. Yo no conozco a mi padre, o mejor a quien me fecundó en el vientre primerizo de mi madre. Tengo el apellido de mi abuela materna que me crió, porque cuando nací mi mamá era una adolescente. Mi abuela siempre me aconsejaba que estudiara, y aquí en el Valle empecé mi bachillerato, y cuando cursaba noveno grado, ella murió. Al morir mi abuela, me fui para donde mi madre, quien vivía con el papá de mi hermano menor. En aquel momento disponíamos de lo mínimo para sobrevivir.
Desafortunadamente ese año, mi padrastro muere en un accidente de tránsito, manejaba unos mototaxis. Eso fue fatal para todos. Mi mamá, viuda, con cinco hijos y sin trabajo.




