COLUMNA

Terrorismo y política

Dicen que enero es el mes más triste del año. Y el segundo o tercer lunes de enero son de los días más tristes; así lo sostienen algunos estudios de sicología. Algo de fundamento tendrán esos estudios: en enero ya pasaron las fiestas, la gente regresa a su rutina de trabajo o estudio, no hay plata, se gastó en la euforia de diciembre, aún hay guayabo, y así sucesivamente…

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Dicen que enero es el mes más triste del año. Y el segundo o tercer lunes de enero son de los días más tristes; así lo sostienen algunos estudios de sicología. Algo de fundamento tendrán esos estudios: en enero ya pasaron las fiestas, la gente regresa a su rutina de trabajo o estudio, no hay plata, se gastó en la euforia de diciembre, aún hay guayabo, y así sucesivamente…
Para Colombia, enero de 2019 será un mes lúgubre, en particular por lo ocurrido el jueves 17, cuando a las 9:30 de la mañana, un carro bomba, puesto en la Escuela de Cadetes de la Policía Nacional, al sur de Bogotá, explotó y mató a 21 personas. Las imágenes y los testimonios de los noticieros de televisión lo decían todo: desolación, desesperanza, tristeza, rabia y dolor.

La historia del país del Sagrado Corazón de Jesús, antes la Nueva Granada, luego la Confederación Granadina, después Estados Unidos de Colombia, y – desde hace más de ciento treinta años- Colombia, ha sido la crónica de una sociedad violenta; un pueblo que pocas veces ha disfrutado de momentos de paz. Gabriel García Márquez, con su creatividad y su lucidez, decía que “la paz era como la felicidad, solo nos damos cuenta de que la teníamos, cuando la volvemos a perder…”.

Que a estas alturas de la vida, una organización como el Ejército de Liberación Nacional (ELN), en una mezcla de dogmatismo, irracionalidad y delirio, sin ninguna relación con los cambios que ha tenido el país y el mundo, considere legítimo poner una bomba en un sitio, a una hora en la cual lo único que había era un grupo de jóvenes con la ilusión de ser policías de su adolorida patria, es algo demencial y que no tiene ninguna justificación. Y salir a decir que es una forma de presionar unos diálogos con un gobierno que no los ha escuchado…es triste y deprimente. Increíble.

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