Llevamos toda una vida pagando el precio de no tener mar, y seguimos actuando como si fuera un dato nuevo. El Cesar ocupa el puesto 21 de 33 departamentos en el Índice Departamental de Competitividad 2025, con apenas 4,78 sobre 10, y sí, el costo de sacar un producto de aquí es más alto que en Santa Marta o Barranquilla. Pero ese dato lo repetimos tanto que ya nos sirve de coartada para no mirar de frente lo que sí depende de nosotros: cómo formamos a quien emprende, cómo lo apoya —o no— su gobierno local, y a qué economía estamos apostando el futuro de la ciudad.
Frente a esa desventaja estructural, la ciudad ha intentado construir una economía alrededor de lo que mejor sabe hacer: el Festival Vallenato, alrededor de los eventos, la gastronomía, el folclor y la historia misma. Y está bien que lo haga, al final es su identidad y su capital cultural. El problema es que esa economía, por su propia naturaleza, no genera empleo constante: es estacional, concentrada en unas semanas o unos eventos puntuales al año, incapaz por sí sola de sostener a una ciudad que necesita trabajo los doce meses del año.
A eso se sumó, tras la pandemia, una explosión de emprendimientos y pequeños negocios por la necesidad de sobrevivir. En apariencia, es una buena noticia: más gente generando sus propios ingresos en lugar de esperar un empleo formal que no llegará. Pero las cifras del DANE cuentan la otra cara de esa moneda: en el trimestre más reciente Valledupar registró una tasa de desempleo del 9,6%, la más baja en años, pero al mismo tiempo una informalidad laboral del 65,9%, colocándola como la segunda ciudad con mayor informalidad de todo el país, tan solo detrás de Sincelejo. Es decir: hay menos gente sin trabajo, pero la enorme mayoría de esos trabajos no tiene seguridad social, ni estabilidad, ni futuro pensional, ni respaldo legal real.





