La política se mueve entre el pragmatismo –real politik–, al que solo le importan los resultados y nos remite a Maquiavelo; y el idealismo, al que le importan los resultados, pero mediados por “la ética”, por la convicción ideológica de lo que es bueno y es malo, que nos remite a Platón y Aristóteles.
En el primer político no hay consistencia entre su actuar y su discurso –promete y no cumple– y entre su discurso y sus convicciones, si estas no sirven a los resultados. El segundo siempre actúa como habla y como piensa. La coherencia, madre de la confiabilidad, es el sello de sus decisiones y ejecutorias.
Coherente ha sido la política exterior de Iván Duque. El ELN no podía llamarse a engaño si no renunciaba al secuestro, al terrorismo y sus actividades criminales como condición para una negociación. No era una condición advenediza, sino clara desde la campaña y desde su posición política en el Congreso.




