Cuando no hay justicia se abre la puerta para la reincidencia, para que se repita el delito. Se estimula el crimen y se pone en peligro a los demás ciudadanos, inocentes e inermes, que confiaron en el Estado su cuidado y protección. La impunidad, la ausencia de sanción efectiva por parte de Estado a quienes delinquen, no es solo ausencia de justicia, es también el abono del crimen futuro y un partero de nuevas violencias.
El sentido común y su experiencia en la calle le demuestran al ciudadano de a pie la importancia fundamental de que haya justicia. Por eso mismo, los violentos y los criminales y sus aparatos, ideólogos y simpatizantes, los bombardean sin cesar con información y con discursos dirigidos a justificar la violencia. Ese es el propósito de los conceptos de la violencia como partera de la historia o de la de sus causas objetivas o estructurales, por ejemplo.
Algo similar, aunque de manera más nebulosa, más ambigua, ocurre con la impunidad. Esa impunidad se construye primero sobre la narrativa de que la violencia tenía una explicación como la única respuesta posible frente a un régimen oprobioso, despótico y violento (“nos están matando”, “el Estado es genocida”) y el tratamiento preferencial para quienes alegan motivaciones políticas para matar (el delito político).




