Por Mary Daza Orozco
Iba en su silla de ruedas detrás del féretro. Su fortaleza se desplegó y fue más grande que el temor de los hijos de decirle que su esposa había muerto; la reacción era impredecible dado que hace solo unos meses sufrió una isquemia. Marceliano, “Kiko” Ferreira Paz, dio muestra de aceptación de lo inevitable, de caballerosidad, de lucidez increíble y de enjundia, ejemplo no sólo para Jarol y Grethel, sino para los que lo acompañábamos en el adolorido momento de despedir a quien amó por encima de todo.
Cuando supo que Gloria, su Gloria, había muerto lloró silencioso en su habitación, en la que creó sueños junto con ella, comentarios sobre lo cotidiano, sobre la vida, los hijos, sobre el ser y el irse; después se fue a sentar al pie del féretro ¿a hablarle mentalmente?, ¿a pensar quién sabe en cuántos recuerdos que lo acompañarán por el resto de sus días?,¿ a orar?, seguramente a declararle una y más veces su amor, aunque no se crea ese es un momento propicio para decir todos los te amo que no se alcanzaron a decir en vida.




