Por Luis Eduardo Acosta Medina
Nos encontrábamos esa tarde, en una audiencia, en el Juzgado Tercero Administrativo de Descongestión de la ciudad de Riohacha, cuando recibí la llamada de mi hermano Amylkar para comentarme que había recibido una llamada del señor presidente de la República, para invitarlo a ocupar un puesto que no estaba buscando, para desempeñarse como Ministro de Estado, secreto, que con el mayor esfuerzo del mundo tuve que guardar, ante la posibilidad de quedarnos esperando la miel pa' los buñuelos, pues la mente tiene poder, para lo bueno y para lo malo; no había transcurrido mucho tiempo, cuando recibí otra llamada, para confirmarme que, en efecto, sería el primer chicharrón que caería al caldero.
Después del alboroto natural que se presenta en estos casos, porque no puedo negar que la vaina me contentó, reflexione, y no lograba entender por qué aceptaba aquella invitación presidencial, si conocía de su posición crítica, -nunca insultante- en contra de algunas decisiones trascendentales del alto gobierno; me tranquilice cuando recordé lo que papá nos decía: -"El amigo del gobernante no es el que le dice lo que a él le gusta escuchar, sino quien le dice o le escribe lo que honestamente está viendo”; y así es, pues, si no hubiera tanta gente desleal, lisonjera, aduladora, y mentirosa acorralando a los que tienen poder, se equivocarían menos.




