Ya el cadáver de El Gran Martín Elías yace en una tumba del cementerio Jardines del Ecce Homo de Valledupar, al lado del sarcófago donde están los remanentes del cuerpo de su padre, Diomedes Días Maestre, el cantautor de música vallenata que durante su vida artística atrajo multitudinaria fanaticada hasta ahora insuperable. Fenómeno del arte musical que, universalmente, para repetirse, pasa un tiempo generalmente considerable.
Aunque el sepelio de El Gran Martín Elías fue apoteósico, no visto antes en Valledupar, increíble omitir que parte fue por la solidaridad con la grandiosidad de su progenitor, que apenas hace tres años y casi cuatro meses falleció. En modo alguno quiero demeritar el talento de El Gran Martín Elías, ya que soy uno de los tantos que creíamos lograría superar a su padre, porque si bien siempre lo imitaba lo hacía con estilo propio, además era más respetuoso con su prójimo, valor que catapultaba su virtuosismo musical.
Lamentablemente, pareciera que se ha cumplido la sentencia del ‘Cacique de la Junta’: “Como Diomedes no hay otro, eso nunca nacería y si nace no se cría y si se cría se vuelve loco”. La verdad es que El Gran Martín Elías estaba creciendo musicalmente y ya tenía miles de admiradores por todas partes pero, desgraciadamente, adquirió la locura de transitar a alta velocidad y esto precipitó su muerte que con asidua frecuencia presagiaba.




