Una mujer tendida en el centro de la calle desata el llanto desesperado de un niño. Una mujer, con su cuerpo echado a la tierra ya no puede abrazar al niño que agarra a patadas y puños las latas que sirven de pared a una casa vecina.
Una mujer vestida con su ropa de diario, ahora teñida de los colores que la sangre ha impuesto, yace sobre el camino de arena y piedras y con su rostro vuelto hacia el niño recibe sus gritos sin poder consolarlo.
Un tumulto acompaña al niño de cerca, llora en silencio y apenas se mueve para no interrumpir la rabia con que el huérfano le reclama a la vida la muerte de su madre.




