COLUMNA

Lilibet

El jueves 8 de septiembre el mundo recibió la noticia del fallecimiento de Isabel II de Inglaterra. Lilibet, como la llamaban en su núcleo familiar, apodo acuñado por su padre, el Rey Jorge VI, mostró respeto absoluto por la Monarquía, por Gran Bretaña, por la democracia, por la ley. Puede uno ser un fuerte crítico […]

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El jueves 8 de septiembre el mundo recibió la noticia del fallecimiento de Isabel II de Inglaterra. Lilibet, como la llamaban en su núcleo familiar, apodo acuñado por su padre, el Rey Jorge VI, mostró respeto absoluto por la Monarquía, por Gran Bretaña, por la democracia, por la ley. Puede uno ser un fuerte crítico de las monarquías, de hecho cada vez más hay enemigos de dicha figura, pero lo que no puede negarse, es que Su Majestad dedicó su vida entera a trabajar por su nación.

La historia de cómo llegó a ser reina del Reino Unido es de película. Su padre era el segundo en la línea de sucesión, el llamado a ser rey era su tío, Eduardo VIII. Su padre no tenía problema con eso, al contrario, le temía a figurar y a regir. Sin embargo el reinado de Eduardo VIII no duró más de un año debido a que se enamoró de una estadounidense divorciada: Wallis Simpson. Su familia y el Parlamento le dieron la espalda al romance y por ello, sin titubear, Eduardo VIII decidió abdicar en favor de su hermano, quien sería el rey Jorge VI. Por esta razón, por la señora Simpson, Lilibet llegaría a ser reina de Gran Bretaña.

A los 21 años, sabiéndose heredera al trono, en una alocución televisada en blanco y negro que aún retumba en los televisores del planeta, una joven Isabel prometía dedicar su existencia a la monarquía y a su imperio. No fue inferior a ese juramento, lo honró cada uno de los días de sus 70 años de reinado. Admirable. Sufrió varios embates a lo largo de su vida pública, los miembros de la familia que engendró junto con su esposo, el recientemente fallecido Príncipe Felipe, el Duque de Edimburgo, le generó escándalos gracias a los polémicos comportamientos de sus hijos y nietos. Con entereza los sorteó todos, hasta la lamentable muerte de nuestra querida Diana de Gales en agosto de 1997. Estoicamente puso siempre por encima de cualquier situación los intereses de sus súbditos, arriesgó su estabilidad emocional al tener que tomar decisiones radicales en contra de los que llevaron su sangre. Pero con claridad siempre el criterio que le permitió actuar en un sentido o en otro fue poner a Gran Bretaña por encima de todo.

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