Qué pasaría, mis queridos lectores, si supieran que al día siguiente tienen una cita, su última cita. ¿Se prepararían para ella, aun sabiendo con quién es? ¿Colocarían el despertador para levantarse, aunque al final saben que lo hacen es para acostarse eternamente?
¡Oh, mi respetable Átropos! La inexorable, la inevitable, la que no cambia; conocida por ser fría, decidida, justa y meticulosa, la mayor de las tres hermanas, creadas junto con la naturaleza de las cosas, diosas del destino y la fatalidad, hermanas de Tánatos e Hipnos, hijas de la Oscuridad y de la Noche; la poseedora de las tijeras aborrecibles que cortan el hilo de la existencia sin importar el poder o la riqueza del mortal escogido.
Aunque muchos no saben de ti, la humanidad, a través de los siglos, te reconoce en muchas cosas, asociándote con serpientes, con polillas, con asteroides y con plantas como la belladona, la bellatina mortal, la generadora de la atropina, y así siempre estás presente entre los vivos, caminando entre nosotros hasta que te dignes a cortar el hilo de nuestra vida, poniendo fin a la misma, no por capricho o simple desdén, sino por instrucciones del destino ya escrito y asignado a cada uno de los simples mortales.





