En Colombia solemos hablar del cambio climático como si fuera un problema lejano, asociado a grandes cumbres internacionales o a fenómenos extremos que ocurren en otros lugares. Sin embargo, el cambio climático también se manifiesta en algo mucho más cotidiano: una calle donde ya no hay sombra, un barrio que se vuelve cada año más caliente, un parque que desaparece para dar paso al concreto o una ciudad que pierde, poco a poco, su capacidad de ofrecer bienestar a quienes la habitan.
Ese es, precisamente, uno de los mayores desafíos de nuestras ciudades. Durante décadas, el crecimiento urbano ha privilegiado la expansión sobre la planificación. En ese proceso, los ecosistemas urbanos han cedido terreno frente a superficies duras, han disminuido las zonas verdes, aumentan las temperaturas y se profundizan problemas como la contaminación, la escasez de agua y la vulnerabilidad frente a los eventos climáticos extremos.
Valledupar es un ejemplo de esa realidad, pero no una excepción. Lo que ocurre allí refleja preguntas que hoy deberían hacerse la mayoría de las ciudades colombianas: ¿estamos creciendo de manera que nuestras ciudades sean más habitables o simplemente más grandes? Responder esa pregunta exige ir más allá de las soluciones tradicionales.






