COLUMNA

Las caras de la muerte

Llamar a la muerte asesina no es calumnia, ni desproporcional, ni descabellado. Todo aquel o “aquello” que sesga la vida es un asesino. No hay muerte natural, que sería una buena muerte, eso sí. 

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Llamar a la muerte asesina no es calumnia, ni desproporcional, ni descabellado. Todo aquel o “aquello” que sesga la vida es un asesino. No hay muerte natural, que sería una buena muerte, eso sí. 

La omisión de vivir o el acto de morir, si se puede señalar de esta manera, es el acontecimiento de una violencia asesina, pues siempre estamos a merced de una voluntad hostil que nadie puede dominar, como bien lo dice en su ensayo ‘Caras de la Muerte’, Byung-Chul Han. La muerte decide cuándo debe aparecer, pues es su deber, ni el estúpido suicida creyendo que es él el que decide el momento de su muerte escribe el final de sus días. Cuán lejos está de la realidad. La muerte solo escucha el llamado y al final ella es la que decide si presta atención al mismo o se hace la de los oídos sordos y la de la vista gorda.

La muerte siempre está amenazando desde el más allá desconocido y como tal, le tememos, aunque afirmemos que no. Se muere en soledad, pero quien se ha abierto demasiado pronto a la experiencia de la muerte, jamás podrá cerrarle otra vez sus puertas: una herida que acaba siendo una especie de pulmón a través del cual se respira, como también dice Elías Canetti en ‘El corazón secreto del reloj’.

De igual forma comparto también lo que dice el filósofo coreano, que no se debe pensar que la muerte no es un mero punto final, sino un punto cero de la vida, donde esta comienza. Entonces me pregunto: ¿Será la muerte el reflejo de la vida en el espejo? ¿Será la muerte esa apariencia necesaria para entender la falsedad de la vida? ¿La muerte es la nada y la vida es el todo, o será lo contrario? ¿La muerte es la realidad y la vida la fantasía? ¿Cuántas caras le podemos hallar a la muerte? Demasiadas creerían. Pero lo irónico del asunto es que la muerte es una real experiencia viva, una creadora de espacios habitables para la existencia mortal del ser humano.

Toda muerte tiene un nombre, el nombre de cada ser vivo, el nombre con el que se le conoce o nos conocen, desde ese simple hecho de afirmar lo que somos es que algún día dejaremos de ser lo que somos, es como si existiera un otro-yo desde que nacemos y durante toda la vida a lo largo de nuestra existencia negamos que convivimos con él, hasta que llega el momento que el otro-yo reclama su espacio y reconoce que ya llegó la hora de que sea él el que sea reconocido. Y es que la misma vida lo presiente y empieza a alistar la maleta, preocupada por la hora y pretende dejarnos entre los brazos de aquella sombra fría que nos espera sonriente y que nos susurra que ya se asoma en el ocaso, que no vive más nuestra vida y que nuestra muerte está en el vientre, que está a punto de nacer y que quiere dar su paso y nos agarra con fuerza y nos habla y nos dice que no estemos pendientes de las falsas esperanzas que se rompen a pedazos.

Entonces, ya cansados, conscientes o inconscientes, le pedimos a la vida que parta de nuestro lado, si es eso lo que quiere, que abandone nuestro cuerpo, que agitado se resiente y que la muerte nos espera extendiéndonos su mano, con sus huesos ya salientes, pero suaves y calientes que no parece que sea muerte y sentimos más vida en ese abrazo, que en nuestra vida que está ausente. Y nos muestra su cara, o una de sus caras, pero vemos que es la nuestra, es la muerte reflejada y debemos despedirnos de la vida agradecidos, porque ha sido tan sublime, gran maestra y protectora, porque ha sido muy hermosa cuando estaba a nuestro lado y aunque muera ella sabe que es la muerte quien la adora.

Y es por ello por lo que no necesita invitación, pues cuando llega conocemos su cara, ni siquiera anuncia su llegada, solo busca a quien la mire para llevárselo en su viaje, ni siquiera le pregunta si es un alma ya cansada, ni si es niño, ni si es joven, ni siquiera mira el traje, solo mira una lista y se lleva la anotada, pero enseña en la vida para nadie preparada que tenemos solo cierto con dolor es su pasaje.

Por Jairo Mejía

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