Cada vez que se va a elegir al encargado de dirigir cualquier entidad importante, se construyen narrativas para ambientar la favorabilidad o destrucción de un nombre, ignorando totalmente la ética, idoneidad y experiencia del participante, todo en el marco de grandes componendas que van desde la seducción con dádivas burocráticas, contractuales o económicas para los encargados de tomar la decisión, hasta las ruines presiones no ajenas a amenazas y hechos de fuerza que utilizan quienes en su ambición desmedida por el dinero, traspasan sin sonrojarse los quicios de la ilegalidad.
Esta vez la elección del director de la Corporación Autónoma Regional del Cesar, Corpocesar, no ha sido la excepción. Creo que los cuarenta participantes son ciudadanos honorables, quienes desde sus diferentes perspectivas programáticas le plantearán un Plan de Acción al Consejo Directivo de la entidad, para que sean ellos y solo ellos, en su buen saber y entender, quienes tomen una decisión independiente a los distractores mediáticos que por estos días se han puesto sobre el tapete de la actualidad, pero que aparte de develar la negligencia administrativa del municipio de Valledupar, poco o nada tienen que ver con una adecuada designación.
El soterrado ‘cabildeo’ que se hace ante los consejeros y el mismo director para permear las decisiones de la corporación no es nada nuevo, incluso hace algún tiempo los grupos paramilitares secuestraron a un director para obligarlo a renunciar; hoy vemos como las concesiones hídricas del río Guatapurí sin control merman el caudal del río, ahora más notorio ante el calentamiento global; de las tasas retributivas ambientales no hablemos y las compensaciones que por explotación de materiales para la construcción en canteras sigue siendo el gran ausente en la gestión. Nacionalmente hay casos parecidos, unos ciertos y otros no pasan de ser mitos, los cuales se formalizan ante la paquidermia de estas entidades.




