Lo que ocurrió el pasado domingo en el Área Metropolitana de Barranquilla superó los límites de la podredumbre y mostró lo permeada que está nuestra sociedad por el narcotráfico. Una fiesta de clanes mafiosos con invitados de toda índole: sicarios llegados de Venezuela, modelos y reinas de belleza, lavadores de dólares, fiscales antibandas criminales, funcionarios públicos, reconocidos grupos musicales, universitarios, cirujanos famosos, en fin, la crema Barranquillera en una casa campo en Salgar, en Puerto Colombia, Atlántico, para celebrar el cumpleaños de Jhonatan Ospino, quien fue asesinado en la celebración, al amanecer, en un tiroteo descomunal donde hubo hasta armas largas.
Todo quedó grabado en video, desde la llegada de los invitados, los regalos (2 camionetas Toyota de alta gama), los cantos al cumplimentado, la pelea, el tiroteo, la huida de los invitados por el mangle, un muerto frente de la tarima, el traslado de los heridos, el choque de la camioneta con un taxi por el afán de llegar a la clínica, la desesperación al momento de bajar al herido porque las puertas estaban bloqueadas, en fin, una serie criolla, pero de Netflixrebolo. Lo qué pasó ahí, no se vio ni en la peor época de Pablo Escobar y nos ubica en el mismo panorama de México, donde son habituales estas cumbres mafiosas, tanto que las han recreado en películas como la del ‘Chapo’ Guzmán. La celebración amenizada por los de siempre: el ‘Churo’ Díaz y Diego Daza, los mismos que estuvieron en el pabellón de extraditables de La Picota hace un mes, se han especializado en cantarle a ‘traquetos’, no les importa ni la imagen, ni la música vallenata, ni el riesgo que corren, lo importante es el “billete”.
La noticia le dio la vuelta al mundo e indignó a muchos barranquilleros, molestos insistían en que eso había sido en Puerto Colombia no en su ciudad, como si en Barranquilla nunca hubiese pasado nada en temas de narcotráfico. Que rápido olvidan el pasado, cuando en la época de la marimba, todos los traficantes guajiros compraron casi medio barrio El Prado, con el aval de gran parte de la élite barranquillera, aunque en voz baja se burlaban de sus extravagancias, les rendían pleitesía y los adoraban por el dinero; exactamente lo que hicieron los Gerlein al arrendar su casa Campo para esta narcofiesta. Al parecer, las experiencias vividas en esa época no sirvieron. Hoy, la ciudad vive un auge traqueto, en complicidad con muchos sectores sociales que no logran inferir la dimensión del daño que hace el narcotráfico a la marca ciudad.




