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La lectura de los cómics, a propósito del Día Internacional del Cómic

No sé con certeza en qué momento apareció ante mis ojos el periódico. Cambié el libro de lepidopterología por las caricaturas, que aparecían cada domingo en el periódico.

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Recuerdo que gran parte de mi infancia estuvo rodeada de saucos, brevos, caracoles y aburrimientos. Viví una temporada larga en casa de mis tías, un lugar de encuentro familiar que sembró en mí la más hermosa semilla: la de la lectura. Ante mi insistente “estoy aburrida” la respuesta que recibí siempre fue, a falta de internet y redes sociales, “vaya a limpiar el polvo, regar las plantas o a leer un libro”. Limpiar el polvo me parecía un acto infructuoso, regar las plantas uno inacabable y leer un libro desmoralizador, pues el libro que encontré, cuya bella intención era mostrar el mundo de las mariposas, causó en mí una tristeza profunda que, a día de hoy, no logro superar: el poco tiempo de vida de ellas me sigue pareciendo inentendible.

No sé con certeza en qué momento apareció ante mis ojos el periódico. Cambié el libro de lepidopterología por las caricaturas, que aparecían cada domingo en el periódico. Empecé a obsesionarme con ellas y leía cuanto encontraba: al amargado de Olafo, Mafalda, Calvin & Hobbes, Nieves, Snoopy… Las historias en viñetas se convirtieron en parte de mi mundo. Las leía, las recortaba y ansiaba el siguiente domingo. Con el tiempo, y con la ventaja de tener hermanos mayores, me encontré con Condorito y las interminables historias de superhéroes.

Cuando hablo con lectores voraces, descubro que los cómics fueron la puerta de entrada a la lectura. Ellos y ellas, al igual que yo, recuerdan vívidamente sus cómics favoritos, sus largas tardes y noches sumergidos en historias a través de viñetas, pictogramas e ilustraciones. Por sus recuerdos pasan Kalimán, Dick Tracy, Orión, ACME, La pequeña Lulú, Don Miki, Samurai, Memín, Kendor, Blondie, Educando a papá, El fantasma, Modesty Blaise, Lucky Luke, Tintín, Los Monos…

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