COLUMNA

La honestidad y el civismo  

La cultura de la honestidad y el civismo debe ser una política pública que fomente la pedagogía asertiva: por el respeto a la vida y a las normas de convivencia, por la defensa de la conservación del medio ambiente y los bienes de patrimonio público o privado, y por el derecho que tiene toda persona de potenciar el desarrollo de las aptitudes académicas, artísticas y deportivas.  

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La cultura de la honestidad y el civismo debe ser una política pública que fomente la pedagogía asertiva: por el respeto a la vida y a las normas de convivencia, por la defensa de la conservación del medio ambiente y los bienes de patrimonio público o privado, y por el derecho que tiene toda persona de potenciar el desarrollo de las aptitudes académicas, artísticas y deportivas.  

La honestidad social comienza con el respeto a las leyes. Si un gobernante o un jefe de una sección determinada respeta las leyes y ejerce con responsabilidad sus funciones, si lidera con transparencia los procesos que le corresponden, es honesto en la planificación y la ejecución del presupuesto; no hay duda, ese ciudadano es un paradigma a seguir, un ejemplo que contagia y promueve la cultura de la honestidad y el civismo.

El respeto a las leyes es un imperativo universal en toda sociedad civilizada. Cuando alguien trasgrede las leyes, las autoridades competentes están en la obligación de aplicar los correctivos, en el marco de los procedimientos legales establecidos. Desafortunadamente, todavía en Colombia muchas personas tienen la costumbre de irrespetar las leyes; y para colmo, hay personajes revestidos de autoridad que tampoco cumplen con su función de hacer respetar las leyes.

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