Todo aquel que sepa hacer lecturas políticas coincidirá conmigo en que Valledupar y el Cesar viven el mismo ambiente de decepción, fastidio y una sensación de menosprecio contra todo aquello que represente a los mismos grupos políticos que han manejado sus destinos en los últimos 20 años, algo muy similar a lo vivido en las elecciones presidenciales de mayo y junio del 2022 que le dio el triunfo a la izquierda en Colombia.
El caso es que los problemas de la ciudad empezaron cuando políticos inescrupulosos con el afán de lavar su imagen y blanquear sus fortunas mal habidas incursionaron en la política con una nueva forma de ganar elecciones y es con la inyección de miles de millones lo que generó una nueva dinámica al mejor estilo de una subasta en donde quien ofrezca más se queda con el botín, en este caso el presupuesto público.
Es por ello que una vez el mandatario asume sus funciones solo se convierte en un notario y gobernante por interpuesta persona que solo tiene como único objetivo recuperar su millonaria inversión a través de aquellas obras donde el cemento, la varilla y el material de arrastre son el ingrediente principal, es decir, son las que mayor inversión requieren así no beneficien a nadie (parques, monumentos, y por supuesto elefantes blancos).




