Por: Josefina Castro
Llama la atención la actitud del país de querer desestabilizar la institucionalidad, cualquiera sea su índole. Seguramente, cada quien tiene lo que se merece y tarde que temprano la ciudadanía iba a empezar a levantar la voz frente al mal manejo de muchas de sus entidades, indistintamente si son públicas o privadas, con la consecuente pérdida de legitimidad en el actuar.
Respetando las creencias religiosas de cada quien y consciente de la separación Estado – Iglesia; con ocasión del quincuagésimo aniversario de la Diócesis de Valledupar es de destacar el papel de esta diócesis en medio de una institucionalidad desgastada.
Cuando en el mes de abril del año de 1969 se eleva a diócesis el hasta entonces vicariato apostólico, la recién estrenada capital, es decir Valledupar, no pasaba de ser un pueblo donde las inquietudes giraban en torno a generar ideas y expectativas de lo que algún día sería ciudad. Negar que esta región fue creciendo con vocación de que fuéramos alguien, de la mano con la Iglesia católica, sería un absurdo.
Con la claridad de entender, que nos guste o no, muchas de nuestras entidades han ido perdiendo legitimidad y que por el contrario la Diócesis de Valledupar legitima su actuar en su labor social y en no cometer errores que generen señalamientos.
Los seres humanos y las consecuencias de sus actos, para bien o para mal, son los que muchas de las veces hacen las instituciones. De la Diócesis de Valledupar surgió Pablo Salas Anteliz quien en su condición de obispo y hoy arzobispo se destaca en la Iglesia católica colombiana, lo mismo que el hoy obispo José Clavijo Méndez quien se desempeñó como rector del Seminario Juan Pablo II de Valledupar.




