Si tuviésemos la certeza de lo que hay después que la vida termina, no nos aterraríamos cuando nos visita la muerte, y no es para menos pues por ahora es sinónimo de tragedia, de dolor, de desolación, de destrucción de la paz y de la armonía que nos da la vida; histórica y culturalmente nos acostumbramos a celebrar la vida y a llorar a nuestros muertos, al menos en nuestra cultura es lo normal.
Por ahora y mientras lo descubrimos, seguirá siendo una tragedia y más cuando llega acompañada de violencia, de sadismo, de vileza, de premeditación y alevosía que no tiene otro objetivo que causar dolor en la víctima y a sus deudos, la ironía es que el homicida también llora y sufre con la muerte, entonces ¿Qué hace que hayamos llegado al punto donde como dijo el líder conservador Álvaro Gómez Hurtado, “perdimos la capacidad de asombrarnos porque nos acostumbramos a contar los muertos por montones y por eso ya no importa el muerto del día”; y efectivamente así es pues se convierte solo en eso, en la primera página del diario amarillista que gana audiencia exponiendo cadáveres.
Hace dos semanas mientras transitaba de sur a norte por la avenida Simón Bolívar, media docena de ambulancias se disputaban la vía con sus sirenas encendidas para atender lo que se suponía era un accidente, asumí que así lo era porque ya es costumbre ver una especie de guerra del herido entre las empresas que prestan este servicio de atención de emergencias, al llegar al sitio solo era alguien que se había caído de una motocicleta con algunos golpes y raspaduras.




