Toda guerra genera disidencia. La mayoría se la guarda para sí misma. Algunos se marchan discretamente. Muy pocos expresan abiertamente lo que piensan. Joe Kent sí lo hizo. El director del Centro Nacional Antiterrorista de Estados Unidos no se escudó en eufemismos que procuran acoplar con el argumento sobre “desacuerdo político”. Fue contundente con su afirmación: “Irán no representaba una amenaza inminente para Estados Unidos”. También sugirió que la guerra estaba siendo impulsada por la presión de Israel y su lobby.
Joe Kent no es una figura secundaria, participó en múltiples misiones de combate y perdió a su esposa en la guerra. No es ajeno a las consecuencias de estas decisiones. La pregunta obvia es: ¿cuántas personas más piensan lo mismo y permanecen en silencio?
Estados Unidos y el gobierno del presidente Donald Trump no carecen de información; lo que le falta es gente dispuesta a actuar en consecuencia. Las agencias de inteligencia elaboran evaluaciones minuciosas. Los informes para el Congreso son detallados. Nada de esto es mera especulación. Las explicaciones son conocidas: disuasión, estabilidad, seguridad; el mismo lenguaje utilizado en Vietnam, Irak y Afganistán. Suele aparecer pronto y perdurar mucho después de que las consecuencias sean evidentes.





