La filosofía japonesa de wabi-sabi, es uno de los legados más hermosos que nos han podido regalar a la humanidad. En una sociedad, en teoría perfeccionista, como la colombiana cuesta mucho entenderla. Según la cultura japonesa, cuando una taza de porcelana se quiebra, por mucho que intentes repararla y dejarla tal cual estaba antes es imposible, de allí que con la técnica denominada Kintsugi y en consecuencia directa con la creencia en la belleza de las imperfecciones se le aplica una mezcla de laca con oro plata o platino, de tal forma que al volverla a armar queda un recordatorio permanente de que efectivamente hubo un quiebre, que no es la pieza original.
En Colombia abunda una perversa tendencia a la destrucción, aun de los valores más sagrados, y eso se evidencia descaradamente en los diferentes procesos políticos que vivimos. Ingrid Betancourt encarna una de esas formas. Después de llegar y unirse a la Coalición de la Esperanza que se suponía el grupo más sólido y con mayores opciones de disputar la presidencia, tras resaltar sus diferencias pese a las múltiples reuniones, Ingrid se metió cual yegua de troya y quebró por completo la difícil unidad que allí se había forjado. Al exponer pública y constantemente las diferencias entre sus miembros se minó lenta pero completamente ante la opinión pública los importantes logros, y aún más la visión de país que sus compromisarios podían ofrecernos.
En estos momentos, cuando ya saldrá el tarjetón en cualquier momento, cuando las nefastas encuestas demuestran que el nivel de polarización del país consolidó las irreductibles diferencias, cuando la candidatura de Fajardo se muestra inviable, por lo menos en las encuestas, viene a plantear la unión entre los candidatos de centro e insiste en participar de ella. Lo siento Ingrid, no hay oro suficiente en el mundo para embellecer la destrucción causada.




