En el campo colombiano hay un trabajo que no aparece en ninguna cuenta. Empieza antes del amanecer: traer el agua, prender el fogón de leña, preparar la comida para los trabajadores, alimentar a los animales, regar la huerta, cuidar a los niños y a los mayores. Lo hacen, sobre todo, las mujeres rurales. Y casi nunca reciben a cambio un pago, ni siquiera un reconocimiento.
Y es que, a propósito del Día Internacional de las Mujeres Rurales, que se conmemora cada 15 de octubre, en la UPRA publicamos el documento ‘Mujer rural, agroecología y economía del cuidado’, elaborado por nuestro equipo técnico. Su propósito es reconocer la contribución de las mujeres rurales a la sostenibilidad socioecológica del país. Lo hicimos convencidos de algo sencillo: lo que no se mide no se ve, y lo que no se ve no llega a las políticas públicas.
Las cifras son contundentes. En la ruralidad, el 81,8 % del trabajo doméstico no remunerado recae en las mujeres: cerca de nueve horas diarias, frente a tres horas de los hombres. En todo el país, la diferencia es de casi cinco horas cada día. En muchos hogares rurales se dice que las mujeres “ayudan”. No es ayuda: es trabajo. Trabajo que sostiene familias, comunidades y, en últimas, la producción de alimentos que llega a nuestras mesas.






