Alguna vez participé en campañas políticas con el objetivo de ocupar un cargo de dirección público institucional para dirigir los destinos de mi región, y lo que comencé como un trabajo fervoroso con el fin de ayudar a los más necesitados como símbolo de una gran sensibilidad social, en la medida en que comentaba mis programas de gobierno la gente se emocionaba cada vez más, de modo que cuando el tema se me agotaba comencé a mentir y a hacer comentarios sin peso programático alguno para que la gente siguiera con su carrera de alabanzas, que si no está uno bien parado emocionalmente termina sobreestimando sus capacidades y sus conocimientos y se cree superior al medio como si fuera uno hijo natural de Olympia, la diosa para los griegos de la grandeza y el poder asociado con la justicia, la sabiduría y el orden.
A punto de caer en la megalomanía y todavía con luces de razonamiento en buen uso, decidí retirarme por completo de esta actividad por haber encontrado allí mi nivel de incompetencia, pues no estaba formado para decir mentiras y por consiguiente engañar, sobre todo, a un pueblo que me vio nacer y crecer dentro de la dignidad y el respeto.
Estaba cayendo en la megalomanía, que no es sino un delirio de grandeza, en donde uno se cree sabelotodo, subestimando los conocimientos de los demás, haciendo uso de lo que hoy me atrevo a llamar el síndrome de los prepotentes.




