El país crepita atizado por la violencia y el sinsentido. En ese desquiciamiento cotidiano hay sucesos que no logramos entender, si se tiene en cuenta que con el transcurrir de las eras, de los siglos, de los años, de los días, el ser humano debería ir logrando, si no la perfección, sí tender a ser más racional, más humano, pero parece que cada logro elevado lo destroza con el más aberrante accionar telúrico, rastrero, imperdonable.
Hoy escribo indignada, mi condición de habitante del planeta, de ciudadana, de mujer y, por encima de todo, de madre me lleva a repudiar el tristísimo y aberrante suceso que hemos vivido en esta ciudad.
El martirio de Juan Felipe Ustáriz González, no debió ocurrir nunca, escuece y lleva a pensar que el mundo, en medio de adelantos importantes en la ciencia, en la tecnología, en todas las manifestaciones de esta civilización se ha quedado en el estadio del salvajismo, que ahora no es otra cosa que las falta de principios, de temor de Dios y los que no creen en Él, por lo menos del temor natural de parecerse a las bestias.
El mundo está enfermo. Tiene un mal nauseabundo que carcome conciencias, principios humanos, leyes, derechos de los vivientes, que destroza conciencias, que se ha enquistado en los seres para quitarles el alma, la compasión, la nobleza. Nuestra región es víctima de ese mal, se contagió y el resultado son actos demenciales como el que acaba de ocurrir, que nos duele en lo más profundo.




