Antes de las elecciones del pasado 28 de junio, Venezuela ya era el tema que se escuchaba y se leía en todas partes, en las calles, en las redes, noticieros, radio, en el trabajo, incluso en nuestras casas; todos analizaban los posibles resultados de una contienda que tenía con taquicardia a toda América.
Maduro incuestionablemente es un tirano, su gobierno no ofrece respuestas a la larga lista de reclamos de sus gobernados, la crisis migratoria se ha incrementado a niveles inéditos y amenaza con seguir creciendo, sólo en Colombia este fenómeno mantiene en nuestro país más de dos millones de venezolanos y muchos toman este país como un punto de escala para continuar a otras naciones del continente. Las ganas de alejarse del régimen alimenta la valentía para cruzar el temido Darién y buscar tierras más elevadas.
Claramente los herederos de Chávez, entre ellos Nicolás, Diosdado, Padrino, los hermanos Rodríguez, Amoroso, Saab y un extenso etc., sufren un desgaste que se explica desde el descontento e insatisfacción popular. Es por eso que una figura como Edmundo González, un señor septuagenario, escritor e internacionalista, prácticamente desconocido para las nuevas generaciones, sin la fuerza para promover un contundente movimiento político, logró acumular el respaldo necesario para enfrentar al poderoso régimen; pero el motor de toda esta carrera tiene nombre y es María Corina Machado, después de ser inhabilitada, cosa que se esperaba, se propuso buscar la persona que representara esa oposición auténtica cansada de promesas de diálogos que no conducen a nada, sólo a darle más tiempo y oxígeno a un grupo que secuestró al Estado y tiene todas las instituciones sometidas y arrodilladas.




