COLUMNA

El cambio es como la justicia

La humanidad (tanto los hombres como las mujeres) fue creada por Dios a su imagen y semejanza; es decir, provista de una inteligencia muy superior a la de las demás especies vivientes.

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La humanidad (tanto los hombres como las mujeres) fue creada por Dios a su imagen y semejanza; es decir, provista de una inteligencia muy superior a la de las demás especies vivientes. Por ende, los seres humanos somos capaces de pensar para disfrutar mejores condiciones de vida, no solo personal, sino colectivamente. En consecuencia, cada acción humana conlleva un interés, cuyo espectro que además de su enorme amplitud también es altamente heterogéneo; mejor dicho: para algunos puede ser favorable o generoso como solemos llamarlo y para otros perjudicial. Lo más difícil -por no decir imposible- es la imparcialidad o equilibrio justo como usualmente decimos.  

El inconformismo es inherente a la humanidad, debido a su inteligencia. Asimismo, es innegable la renuencia de la gente al cambio que, en Colombia, estaba anunciado desde fecha inmemorable, por la inconformidad popular provocada por los malos gobernantes siempre descendientes de las mismas familias o por aquellos que obtienen el visto bueno de tales clanes.

No se puede ignorar que tal situación es tan antigua como la existencia de la humanidad que, afortunadamente, se ha mejorado a través de las luchas sociales que, paulatinamente y con grandes sacrificios han erradicado muchos mitos teológicos y místicos, además aquellas de índoles étnicas y de linajes, entre otras condiciones muchas de ellas discriminatorias.

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