COLUMNA

Efecto Placebo

Hay gente que sufre el síndrome de Estocolmo, gente que irónicamente demuestra amor y afecto a sus detractores y represores. También está la historia de Stalin (se la atribuyen a él)  y la gallina, sobre cómo humillar y reprimir a la gente perpetuamente. Fue en los últimos días del colapso del experimento marxista en la Unión Soviética. Se dice que Stalin pidió un pollo vivo para hacer una declaración inolvidable ante algunos de sus secuaces. 

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En la Biblia (Mateo 7:15-20), Jesucristo había advertido a sus seguidores: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Los conoceréis por sus frutos.  ¿Se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol malo puede dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. Así los conoceréis por sus frutos”.

Hay gente que sufre el síndrome de Estocolmo, gente que irónicamente demuestra amor y afecto a sus detractores y represores. También está la historia de Stalin (se la atribuyen a él)  y la gallina, sobre cómo humillar y reprimir a la gente perpetuamente. Fue en los últimos días del colapso del experimento marxista en la Unión Soviética. Se dice que Stalin pidió un pollo vivo para hacer una declaración inolvidable ante algunos de sus secuaces. 

Stalin agarró con fuerza al pollo con una mano y con la otra mano comenzó a quitarle las plumas de manera brutal y sistemática, hasta que el pollo que gritaba y luchaba se dejó caer sin plumas.

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