Por Jarol Ferreira Acosta
Con mis padres enfermos debía buscar la manera de aportar a la economía familiar, tan deprimida con sus hospitalizaciones y convalecencias, que era imposible dejar pasar por alto la situación; no solo porque mi propia economía derivaba directamente de la de ellos sino porque su propia manutención se convirtió en responsabilidad mía. Pasaban los meses y, siendo Colombia un país con las precariedades que conocemos, la meta era imposible; sin embargo, a todo el que podía le contaba sobre mi problema para ver por donde aparecía una salida. Hasta que una amiga me dijo que había una convocatoria para un trabajo de auxiliar en una empresa cultural, que debía mandar mi hoja de vida a tal dirección.
Al poco tiempo llamaron para convocarme a una prueba sicotécnica, el primer paso del proceso de selección de personal. La prueba sería coordinada por una sicóloga que explicaría los procedimientos para desarrollar la evaluación. Antes de ocho de la mañana estábamos todos los citados sentados afuera del edificio, algunos de pueblos cercanos a Valledupar, que veíamos en esa oportunidad la solución a nuestros problemas de dinero. Con ilusión entramos al salón, luego de que el vigilante abriera las puertas y nos dejara pasar.




