Por Marlon Javier Domínguez
En ocasiones las palabras del Señor en el Evangelio resultan enigmáticas, difíciles de entender y hasta ilógicas. En efecto, la lógica de Dios es diferente a la lógica humana y nuestra limitada razón no logra comprender de manera perfecta los designios del único perfecto de los seres. Por eso, frecuentemente, cuando nos acercamos a la meditación de las expresiones de Jesús, nos parece estar escuchando un discurso al que le hace falta ser razonable para ser aceptado. Tal es el caso del relato evangélico que se proclama en la Misa de hoy.
Jesús llevó a sus discípulos a un lugar solitario y allí les interrogó sobre la opinión que se tenía de él, obteniendo variadas respuestas: “unos dicen que eres Juan, otros opinan que eres Elías, otros que Jeremías”, todos te relacionan con personajes importantes de nuestra historia. Nosotros creemos que tú eres el Mesías. Los discípulos habían descubierto en aquél joven maestro al enviado de Dios, el encargado de aniquilar de manera definitiva la esclavitud, el rey prometido, el salvador y guía de un pueblo que desde hacía siglos le estaba esperando y que, en el colmo de su desespero, dirigía a Dios sus quejidos de manera dramática: “¡Ojalá rasgases los cielos y bajases!”




