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Aprendiendo a escuchar lo invisible

En fin, eso de que este barrio es un tanto abrumador no lo creo. Quien sabe apreciar el arte de las casas lo aprecia todo. Este lugar está lleno de magia, sólo hace falta tomarse el trabajo de buscarla

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Rebuscando en el baúl de los recuerdos, encontré, entre el fondo oscuro y olvidado, uno de mis primeros escritos: una tarea común para la clase de Español en la Institución Educativa Loperena Central, uno que no fue calificado correctamente porque “no parecía que yo lo hubiera escrito”. Ese mismo, que me hizo entender que mis letras tenían voz y que en ellas, habitaba cierta grandeza. Espero que al leerlo encuentres magia.

Tengo que aceptar que vivo en un barrio pequeño de cinco cuadras. Las conozco todas, aunque solo frecuento tres.
Quien no conoce estos lares suele decir que es un barrio acogedor pero abrumador. A mi parecer, es todo lo contrario, cada una de estas casas tiene magia.

Si empiezo por la cuadra donde vivo, puedo decir que me emocioné cuando vi que el mes pasado terminaron la remodelación de la casa de enfrente. La muy vieja y pobrecita pedía a gritos un poco de pintura y una reja nueva. Los dueños fueron tan amables que aparte de la reja y la pintura, hasta las duchas cambiaron. Con sólo mirarla se ve que puede decir “gracias”.

Hace un año caminaba por esta misma cuadra y podía escuchar cómo las casas pedían a gritos un poco de seguridad. Hoy, muertas de la risa, parecen agradecidas, porque lograron ponerse de acuerdo con sus dueños para que todas tuvieran esa seguridad que les hacía falta.

La segunda cuadra que frecuento me da un poco de lástima. Al caminar por ahí, siento a las casas decir “estamos aburridas, el tráfico aquí es insoportable”, también otras dicen necesitar descanso, que ojalá pudieran cerrar el puente para ellas tener la paz de las demás casas.
Las entiendo. Incluso para mí es un tanto fastidioso visitarlas. Cuando paso, voy mirándolas y una por una pidiéndoles disculpa por mi ausencia. Ellas agradecen, pero aun así sonríen con pena.

Estas casas son muy melancólicas. Recuerdo haberlas acompañado en su llanto cuando quitaron la panadería, ellas podían apostar que el mejor pan de mantequilla de la ciudad se encontraba allí. Pobrecitas… me compadezco, a mí también me gustaba ese pan.

Por último, la tercera cuadra que frecuento, a esa la acompaña un parque que, cada vez que lo visito, me suele decir que está aburrido porque los niños no quieren jugar en él; que la arena y los desechos de los animales lo han invadido.
Sin embargo, las casas de este lado son todo lo contrario: muy sonrientes y bailan todo el tiempo, aman la salsa y la champeta. Un poco escandaloso para mí, pero aun así se los celebro.

Hay una casa que amo ver. Tiene un jardín maravilloso. Al pasar se pueden escuchar a las trinitarias cantar, a las hojas dejarse llevar por el soplido del viento. Es un tanto gracioso, la casa parece decir, orgullosa, “soy encantadora, mira cómo mi jardín y yo hacemos la mejor combinación”.

En fin, eso de que este barrio es un tanto abrumador no lo creo. Quien sabe apreciar el arte de las casas lo aprecia todo. Este lugar está lleno de magia, sólo hace falta tomarse el trabajo de buscarla.

Remito con amor, a Álamos III, aquel que fue mi barrio durante casi quince años de mi vida.

Por: Ana María Santos Murgas.

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