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Almes Granados y el Festival 55

En abril las noches y los días son más cortos, las horas se adelgazan en el espiral de un sonoro acordeón, en las cuerdas de una guitarra y en la melodía de versos que evocan la nostalgia de tiempos idos, la belleza de la mujer amada, el suceso de una crónica y los colores del paisaje. 

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Valledupar es por antonomasia la tierra que enamora, es una ciudad sin puertas y sin murallas. Es un valle fértil a la poesía, a la música, a la pintura, al teatro, a la cuentería, y posee la magia de las aguas del río Guatapurí. 

En abril las noches y los días son más cortos, las horas se adelgazan en el espiral de un sonoro acordeón, en las cuerdas de una guitarra y en la melodía de versos que evocan la nostalgia de tiempos idos, la belleza de la mujer amada, el suceso de una crónica y los colores del paisaje. 

En abril el sentimiento vallenato es desbordante, los corazones se abren de ensoñación con las notas de los acordeones y los cantos de los juglares.  La alegría se siente en el aire, en la lluvia, en los árboles, en las calles, en la mirada de la gente. La música es un torbellino que aprisiona a los transeúntes y todo se vuelve una gran fiesta: la anécdota, la risa, el saludo, el piropo, el verso, el pregón son un abrazo entre propios y visitantes. 

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