Caminé con Terry por la carrera séptima hasta el centro, en otro más de esos paseos rituales que hacíamos de tanto en tanto para cazar libros al centro de Bogotá. Yo, ansioso pensando qué botín nos traeríamos a casa, y él, meticulosamente concentrado en olisquear cada poste de la ciudad. Giramos por el callejón de la Iglesia de San Francisco y entramos en varias librerías de segunda mano que gravitan como satélites alrededor del Centro Cultural del Libro.
Un ejemplar de “Las Amantes” de Elfriede Jelinek (Nobel de Literatura 2004) llamó mi atención por ser uno de sus libros menos conocidos, pero más difíciles de encontrar. Tanteé el precio y me arrojaron una cifra que consideré elevada, el librero adivinó mi gesto de desaprobación y me dijo con la certeza de quien es dueño de su oficio “Los dos sabemos lo que vale”.
Y tenía toda la razón. Jelinek, cuyo reconocimiento por la Academia ya fue de por sí bastante polémico en su momento, es otra escritora que ve cómo, tras el barullo que trae consigo el alzarse con el galardón más importante de la literatura, sus obras rocosamente austriacas se desvanecen del mercado castellano con los años hasta hacerse necesario excavar muy profundo en librerías especializadas para dar con alguno de sus tesoros.




