Tocaimo y Chiriaimo eran dos de los tantos caciques indígenas tupes. Cada uno tenía su asentamiento a orillas de sendos ríos, que bautizaron con sus respectivos nombres. El río Chiriaimo, que recorre la población de San Diego; y el Tocaimo, que pasa por el corregimiento de su mismo nombre.
Tocaimo, situado en estribaciones de la Serranía de Perijá, pertenece al municipio de San Diego. Fue territorio edénico para el joven Leandro Diaz, a donde llegó en 1949, en compañía de su padre Abel Duarte, procedentes de Hato Nuevo (La Guajira). Leandro remó con su luz interior por el paisaje boscoso, por la caligrafía sonora de los pájaros y el viento, y en ocasiones por fiestas y parrandas de caseríos vecinos.
Las musas de la poesía y la música trenzan en su alma la sinfonía transparente del río, el perfume vegetal de la lluvia, los sueños de las amorosas conquistas y la celebración de la amistad. Su condición de invidente le permite percibir una mixtura de impresiones fecundas de sentidos distintos; por eso pudo describir la escultura de la sombra, la sonrisa de las sabanas, los secretos en la piel de una mujer y la tristeza de los árboles.




