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Historias - 9 enero, 2023

Muerte en la bola de espejos

Lo inesperado parecía inminente. Pero mientras unos empezaban a romper en llanto, otros bailaban y reían. Así parece ser la vida, una continua sucesión de episodios en los que unos festejan y otros, al tiempo, se lamentan.

Muerte en la bola de espejos
Muerte en la bola de espejos
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En el bullicio de la celebración de Año Nuevo y el estruendo de la pólvora, nadie advirtió la cesación de la música ni el cambio de semblante en los asistentes a la recepción a la que se habían dado cita los familiares de la voluptuosa Irma Dahlmann.

La casucha, ubicada en una de las intersecciones más transcurridas del distrito 5 de Enero, había sido remozada la víspera con un pálido color aguamarina que acentuaba su vocación marginal. Los parlantes retumbaron hasta poco antes de las 12 con merengues de Elvis Crespo y la salsa del grupo Niche. Las luces de la bola de espejos danzaban en la sala emulando fuegos fatuos.

Una bandada de mozos de la calle 8 buscaba dónde reunirse a ingerir bebidas espirituosas después de los tiros y la cena acostumbrada con la parentela. Apolodoro propuso ir a la comuna de Las Flores, a 20 minutos del lugar, donde estaba otro grupo de conocidos apurando los tragos de Johnnie Walker.

Ante el ofrecimiento, los rostros dejaron asomar expresiones de duda y Alcibíades, el más bebedor de todos, aseguró que lo mejor era embriagarse dentro de los límites del distrito y sugirió la idea de integrarse a la juerga en la terraza de Irma Dahlmann. A todos sonó el plan y marcharon con frenesí.


-A ver, esto está como apagado. ¡Vamos a beber! –Irrumpió Apolodoro al llegar- sin entender el estado de aflicción que sobrecogía a los allí presentes.
Enseguida, uno de los hermanos de Irma Dahlmann se levantó del puesto para recibir a los mozos en estado de excitación. Su rictus parecía disimular una desgracia reciente. Hablaba con el tono parco y el tartamudeo habitual. –Es que… Acaba de ocurrir un problema grave en la familia –dijo- sin ampliar detalles. Sus dos hermanas mellizas –niñas impúberes- soltaron al tiempo una sonrisa que, aunque muda y enigmática, impidió creer que de veras estuviese ocurriendo algo grave.

De Gustavo Fierro era sabido que se dedicaba a la venta de panes de maíz, que había prestado el servicio militar y que tuvo dos hijas con una de las tías de Irma Dahlmann. Rollizo, de tez morena y sonrisa fácil, muchos lo estimaban en el pueblo como hombre servicial y simpático.

Regularmente, visitaba a sus hijas, con quienes se mostraba atento y afectuoso. También, se las daba de cómico al conceder títulos fachosos a la gente. Al padre de Apolodoro –que apenas terminó el bachillerato- lo llamaba “profesor”.

Sin embargo, nadie logró avisar esa especie de neurosis obsesiva que se traía desde que la madre de sus hijas determinó romper el vínculo amoroso.

A partir de entonces, comenzó a alimentar la consigna proterva: si no era con él, no era con nadie más. Llegaba en los momentos y a los lugares más inoportunos, como si quisiera recordarle que estaba dispuesto, por cualquier medio, a contrariar su decisión. La estilista de la calle 8 fue una de las pocas personas que alertó sobre el peligro que corría la tía de Irma Dahlmann. El día de velitas, cuando le arreglaba el cabello, apareció el susodicho en evidente estado de agitación.

-Más de una vez le he manifestado que ya no quiero nada con él y mírelo cómo anda, buscándome a toda hora –aseveró la mujer. ¡Qué insoportable!

-Tenga mucho cuidado con ese hombre –respondió con cierta preocupación la estilista.
Irma vivía con su marido, ebanista de profesión; su pequeño hijo, sus hermanas mellizas y su hermano el tartamudo. En los momentos menos pensados la casa se convertía en una congregación de mujeres deslenguadas que hablaban de las cosas del cielo y de la tierra con un fervor de plaza de mercado. Irma reía con estruendo ante sus propias ocurrencias o la de sus tías.


Para los días de aniversario y fines de año, allí también comulgaban una veintena de invitados, entre familiares y amigos. El marido de Irma alistaba unas viejas cajas de sonido para el baile. Fue en esa casa donde Apolodoro empezó a familiarizar su cuerpo con los ritmos locales. Todas las mujeres le hacían caridad, pero con quien más le gustaba bailar era con Irma. Vibraba con sus exorbitantes caderas y sus senos colosales.
-Vecina, la quiero mucho –le dijo en una ocasión mientras bailaban Ganas Locas, de Eddy Herrera.
Otra de las aficiones de los inquilinos y visitantes permanentes y ocasionales de esa residencia eran los juegos de mesa. Alguna vez, la vieja Rosalba llegó a decir que eran ludópatas incorregibles. En todo caso, tenían el talante de los pobres felices para quienes el mayor lujo es siempre la confraternidad. Ocurrió también en cierta ocasión que, para el cumpleaños de uno de los hermanos mayores de Irma Dahlmann, pagaron 10 viajes de motocarro hasta una casa campo en las afueras del pueblo para transportar a todos los invitados, algunos enseres y, por supuesto, el mobiliario del equipo de sonido. –La vida sin música sería un error, repetía el marido de Irma sin haber leído a Nietzsche.
Las horas aciagas no discriminan el espíritu festivo con el que algunas personas se permiten sobrellevar el rigor de su triste e insaciable vida. Los ojos que antes de la medianoche del último día del calendario destellaban ansias de vida, de trago y de baile en la terraza de Irma Dahlmann, miraban ahora enlutados y fúnebres, como símbolos de la continua sublevación de la muerte ante el imperio de la vida, impotentes ante los desatados vientos de la desgracia.

Las luces de la bola de espejos también parecieron tornarse exangües. Lo inesperado parecía inminente. Pero mientras unos empezaban a romper en llanto otros bailaban y reían. Así parece ser la vida, una continua sucesión de episodios en los que unos festejan y otros, al tiempo, se lamentan.

-Pero, ¿qué tan grave es el problema? –Volvió a preguntar Apolodoro al hermano de Irma Dahlmann.

-Es que… Gustavo Fierro acaba de matar a mi tía, la madre de sus hijas –repuso, melifluo, el hermano de Irma Dahlmann.

ALEXANDER GUTIÉRREZ/ EL PILÓN

Historias
9 enero, 2023

Muerte en la bola de espejos

Lo inesperado parecía inminente. Pero mientras unos empezaban a romper en llanto, otros bailaban y reían. Así parece ser la vida, una continua sucesión de episodios en los que unos festejan y otros, al tiempo, se lamentan.


Muerte en la bola de espejos
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En el bullicio de la celebración de Año Nuevo y el estruendo de la pólvora, nadie advirtió la cesación de la música ni el cambio de semblante en los asistentes a la recepción a la que se habían dado cita los familiares de la voluptuosa Irma Dahlmann.

La casucha, ubicada en una de las intersecciones más transcurridas del distrito 5 de Enero, había sido remozada la víspera con un pálido color aguamarina que acentuaba su vocación marginal. Los parlantes retumbaron hasta poco antes de las 12 con merengues de Elvis Crespo y la salsa del grupo Niche. Las luces de la bola de espejos danzaban en la sala emulando fuegos fatuos.

Una bandada de mozos de la calle 8 buscaba dónde reunirse a ingerir bebidas espirituosas después de los tiros y la cena acostumbrada con la parentela. Apolodoro propuso ir a la comuna de Las Flores, a 20 minutos del lugar, donde estaba otro grupo de conocidos apurando los tragos de Johnnie Walker.

Ante el ofrecimiento, los rostros dejaron asomar expresiones de duda y Alcibíades, el más bebedor de todos, aseguró que lo mejor era embriagarse dentro de los límites del distrito y sugirió la idea de integrarse a la juerga en la terraza de Irma Dahlmann. A todos sonó el plan y marcharon con frenesí.


-A ver, esto está como apagado. ¡Vamos a beber! –Irrumpió Apolodoro al llegar- sin entender el estado de aflicción que sobrecogía a los allí presentes.
Enseguida, uno de los hermanos de Irma Dahlmann se levantó del puesto para recibir a los mozos en estado de excitación. Su rictus parecía disimular una desgracia reciente. Hablaba con el tono parco y el tartamudeo habitual. –Es que… Acaba de ocurrir un problema grave en la familia –dijo- sin ampliar detalles. Sus dos hermanas mellizas –niñas impúberes- soltaron al tiempo una sonrisa que, aunque muda y enigmática, impidió creer que de veras estuviese ocurriendo algo grave.

De Gustavo Fierro era sabido que se dedicaba a la venta de panes de maíz, que había prestado el servicio militar y que tuvo dos hijas con una de las tías de Irma Dahlmann. Rollizo, de tez morena y sonrisa fácil, muchos lo estimaban en el pueblo como hombre servicial y simpático.

Regularmente, visitaba a sus hijas, con quienes se mostraba atento y afectuoso. También, se las daba de cómico al conceder títulos fachosos a la gente. Al padre de Apolodoro –que apenas terminó el bachillerato- lo llamaba “profesor”.

Sin embargo, nadie logró avisar esa especie de neurosis obsesiva que se traía desde que la madre de sus hijas determinó romper el vínculo amoroso.

A partir de entonces, comenzó a alimentar la consigna proterva: si no era con él, no era con nadie más. Llegaba en los momentos y a los lugares más inoportunos, como si quisiera recordarle que estaba dispuesto, por cualquier medio, a contrariar su decisión. La estilista de la calle 8 fue una de las pocas personas que alertó sobre el peligro que corría la tía de Irma Dahlmann. El día de velitas, cuando le arreglaba el cabello, apareció el susodicho en evidente estado de agitación.

-Más de una vez le he manifestado que ya no quiero nada con él y mírelo cómo anda, buscándome a toda hora –aseveró la mujer. ¡Qué insoportable!

-Tenga mucho cuidado con ese hombre –respondió con cierta preocupación la estilista.
Irma vivía con su marido, ebanista de profesión; su pequeño hijo, sus hermanas mellizas y su hermano el tartamudo. En los momentos menos pensados la casa se convertía en una congregación de mujeres deslenguadas que hablaban de las cosas del cielo y de la tierra con un fervor de plaza de mercado. Irma reía con estruendo ante sus propias ocurrencias o la de sus tías.


Para los días de aniversario y fines de año, allí también comulgaban una veintena de invitados, entre familiares y amigos. El marido de Irma alistaba unas viejas cajas de sonido para el baile. Fue en esa casa donde Apolodoro empezó a familiarizar su cuerpo con los ritmos locales. Todas las mujeres le hacían caridad, pero con quien más le gustaba bailar era con Irma. Vibraba con sus exorbitantes caderas y sus senos colosales.
-Vecina, la quiero mucho –le dijo en una ocasión mientras bailaban Ganas Locas, de Eddy Herrera.
Otra de las aficiones de los inquilinos y visitantes permanentes y ocasionales de esa residencia eran los juegos de mesa. Alguna vez, la vieja Rosalba llegó a decir que eran ludópatas incorregibles. En todo caso, tenían el talante de los pobres felices para quienes el mayor lujo es siempre la confraternidad. Ocurrió también en cierta ocasión que, para el cumpleaños de uno de los hermanos mayores de Irma Dahlmann, pagaron 10 viajes de motocarro hasta una casa campo en las afueras del pueblo para transportar a todos los invitados, algunos enseres y, por supuesto, el mobiliario del equipo de sonido. –La vida sin música sería un error, repetía el marido de Irma sin haber leído a Nietzsche.
Las horas aciagas no discriminan el espíritu festivo con el que algunas personas se permiten sobrellevar el rigor de su triste e insaciable vida. Los ojos que antes de la medianoche del último día del calendario destellaban ansias de vida, de trago y de baile en la terraza de Irma Dahlmann, miraban ahora enlutados y fúnebres, como símbolos de la continua sublevación de la muerte ante el imperio de la vida, impotentes ante los desatados vientos de la desgracia.

Las luces de la bola de espejos también parecieron tornarse exangües. Lo inesperado parecía inminente. Pero mientras unos empezaban a romper en llanto otros bailaban y reían. Así parece ser la vida, una continua sucesión de episodios en los que unos festejan y otros, al tiempo, se lamentan.

-Pero, ¿qué tan grave es el problema? –Volvió a preguntar Apolodoro al hermano de Irma Dahlmann.

-Es que… Gustavo Fierro acaba de matar a mi tía, la madre de sus hijas –repuso, melifluo, el hermano de Irma Dahlmann.

ALEXANDER GUTIÉRREZ/ EL PILÓN