Por la puerta de la casa atravesaba un cuervo maltratado y dañado en sus alas. Sus ojos sangraban, sus plumas se desvanecían como un pañuelo sucio en el aire, su color negro ébano se había opacado y el brillo de sus alas se escurría como pequeños filamentos hacia el suelo.
Parecía confuso, un poco loco y agraviado. Su temor se podía ver a través de sus ojos rojos y al parecer ya no transmitía ese miedo que le designaba la gente como el animal predilecto de las brujas o como símbolo de una muerte cercana. Se había convertido en un ave más del montón. Me encontraba sentada, cuando todo esto pasó, en una mecedora vieja que me regalo mi esposo ya hace un par de décadas y que de alguna manera se parecía a mí.










