José Vicente estudiaba conmigo en el mismo colegio, pero no en el mismo curso. Él estaba un grado superior a mí. Yo escuchaba que no era tan buen estudiante, pero sí que era indisciplinado y su comportamiento no era el mejor. En todo momento la coordinadora lo vivía recriminando. Ya era costumbre que siempre que entregaban los boletines, la madre lo regañaba por dos o tres asignaturas perdidas y las otras en un nivel muy bajo. Juraba y se comprometía a recuperar y a comportarse mejor, cosa que nunca sucedió.
—Ya tú no tienes remedio, —le decía la madre— saliste igual que tu papá.
José Vicente soñaba con ser algún día un gran intérprete del folclor vallenato. Se la pasaba escuchando música con unos audífonos incrustados en las orejas y gritando por los pasillos, remedando a los cantantes. Otras veces se aparecía con una grabadora a todo timbal perturbando el normal desarrollo de las clases, hasta el día en que la directora lo sorprendió y le confiscó el aparato con todo y audífono.




