En un pueblo llamado Makumake bañado por las cristalinas aguas del rio Guatapurí, había cultivos de limón, mango y plátano.
Las personas madrugaban a trabajar contentos, se caracterizaban por la atención y el buen trato a los forasteros, lo curioso era que la convivencia entre ellos estaba marcada por los crueles prejuicios que opacaba la pureza de sus corazones. En ese lugar vivía un niño llamado Maykool, quien sufría desprecio por parte de sus amigos y vecinos. Al entrar al colegio todos lo burlaban por su condición, lo juzgaban y lo discriminaban.










