Habían caído unas gotas pasmosas la noche anterior, el amanecer se tornaba frio y se veía niebla a través de la ventana, en cama se encontraba una mujer hermosa, la más bella, de las que jamás hubiese podido imaginar. Solamente en sus brazos sentía seguridad y amor; se veía preciosa mientras dormía.
Poco a poco el día fue clareando y pudimos ver el sol en todo su esplendor. Decidimos ir a las playas costeras, eran verdaderamente hermosas, fue un día inigualable, cada juego en la arena o en el mar me hacía sentir el hombre más feliz del mundo; contemplar su cuerpo, lo hermoso que se veía su cabello mientras jugueteaba con el viento y también su sonrisa, era uno de los placeres más excitantes en ese momento.










