Hace cinco años en la perrera, una familia decidió adoptarme llevándome con ellos a su hermoso y cálido hogar; el mismo día en que llegué me colocaron mi primera vacuna, dolió un poco y lloré un buen rato, pero mi nueva familia estaba conmigo y me sentí seguro, dejé de llorar y luego nos fuimos a casa, al llegar me dieron un tazón de leche tibia, la sentí muy sabrosa, después de unos minutos decidí acostarme a descansar en el pasillo.
Pasados algunos minutos, decidí ir a la sala donde se encontraba mi familia y sentarme en el suelo a mirar televisión con ellos.










