En el poblado donde vivíamos nunca sucedía nada extraño. Era un lugar apacible y seguro, por eso, un día, aprovechando la llegada de mi hermano mayor que estaba de vacaciones, le pedí que fuéramos a conocer un bosque hermoso que estaba del otro lado del río. Pedimos permiso a nuestros padres y salimos.
Atravesamos el puente, subimos una pequeña cuesta, pasamos por el cementerio y al cabo de un tiempo divisamos el monasterio y seguidamente llegamos al bosque. Había oscurecido y la noche se había puesto fría y tenebrosa por culpa de un nubarrón.










