En territorios de la antigua Toscana, ciudad perteneciente a la vislúmbrante y gran metrópolis Romana, un anciano llamado Donato, vivía desde su juventud en una pequeña casa junto a un cementerio, en lo alto de una colina. Era un hombre amado y respetado por todos los lugareños, que a menudo se preguntaban por qué vivía en soledad al lado del cementerio.
De tanta soledad, un día el anciano enfermó de gravedad, llegando así la hora de partir, su cuñada y sobrino eran su única familia quienes al enterarse fueron a cuidarle en sus últimos momentos. Pasaron varios días en el lecho de su muerte, hasta que un día, en la ventana de la habitación se posó una pequeña libélula de color dorado resplandeciente. El joven intentó espantarla en varias ocasiones, pero la libélula siempre volvía al interior, ya cansado, la dejó revolotear al lado de su tío anciano.










