No sabía si abrir la caja, si desatar por fin el misterio que me envolvía o seguir temiéndole a los azotes de mi padre. Podía escuchar ese sonido que me llamaba, era tan hipnotizante que no dejaba pensar en otra cosa. Papá desde el día que encontré la caja en su despacho me dijo que no la abriera, que cosas malas sucederían, pero era inevitable no intentarlo. Era el día.
Esa madrugada cerré mi habitación. Teniendo la caja en mis manos la melodía se escuchaba más y más fuerte cada vez, las manos me sudaban, estaba asustada y maravillada… Me apresuré a abrir la caja, sabía que pronto mi padre tumbaría la puerta para impedírmelo.










