10 noviembre, 2014

Las rosas rojas: Última parte

La afinidad musical de Lucho y Matilde sorprendía. Ella ingresó como cantante de la orquesta que dirigía Lucho a través de un concurso de talento en 1944, con la canción ‘Veneno de los hombres’, que nunca fue grabada.  Gracias a su carisma y a su voz, dio a conocer hermosas obras como San Fernando, canción […]

La afinidad musical de Lucho y Matilde sorprendía. Ella ingresó como cantante de la orquesta que dirigía Lucho a través de un concurso de talento en 1944, con la canción ‘Veneno de los hombres’, que nunca fue grabada.  Gracias a su carisma y a su voz, dio a conocer hermosas obras como San Fernando, canción alusiva al Club San Fernando de Cali, una tierra que siempre llevó presente, Salsipuedes, Carmen de Bolívar, Prende la vela, Borrachera, Danza negra, etc.
El auge musical logrado por la orquesta producto de la genialidad de Lucho y la facilidad de trasmitir de Matilde, trajo también funestas consecuencias a la relación de la pareja. El matrimonio se fue deteriorando después de algunos años. El maestro luego de sus presentaciones en los Clubes nocturnos, organizaba con sus grandes amigos unas francachelas sin recato alguno, Matilde una mujer de carácter, hogareña y dedicada a su hija Gloria María, se iba a su residencia molesta y cansada de esperar un cambio de actitud de él. Por esta circunstancia llegó la desconfianza, la decepción y el amor, que es alegría y adoración, se extinguió. Esta triste realidad llevó a Matilde a apartarse de Lucho en 1963.

Matilde no imaginó que el amor le llegaría nuevamente a su vida a través de un detalle que poco a poco la cautivó. Años atrás, en El Banco (Magdalena), Lucho Bermúdez se conoció con Alfonso León Quintero, un reconocido ganadero y agricultor de Codazzi (Cesar), con quien estableció una amistad cercana, a través de una pariente que vivía en la capital del oro blanco. En Bogotá Armando León Quintero, hijo de Alfonso, compositor Vallenato, autor de varias composiciones entre ellas ‘Amor ausente’, éxito musical de Diomedes Díaz, se convirtió en su amigo inseparable, gracias a los gustos afines por la música y a las jaranas que permanentemente compartían.

Armando, que en muchas oportunidades acompañaba a Lucho en su presentaciones y luego continuaban con un selecto grupo de amigos, sus reuniones privadas con Mariachis y hermosas mujeres, observaba que un hombre elegante, después que Matilde terminaba su presentación se le acercaba, conversaba brevemente y le entregaba un ramo de rosas. Este provinciano curtido en amores y desdichas le dijo a Lucho: “Maestro, esto no me está gustando, ojo con esas flores. Qué vaina es esa?”. El maestro, acostumbrado a esos detalles del público, le contestó: “Armando no te preocupes, él es el doctor Alberto Lleras Puga, hijo del Presidente de la República Alberto Lleras Camargo, amigo y seguidor de mi música, que halaga a una gran artista que admira”.

El contacto inicial que con Matilde Díaz, tuvo Alberto Lleras Puga fue sensorial. Le agradaba la fuerza de su voz y su donaire, por eso era para él necesario escucharla y verla actuar permanentemente en el Hotel Tequendama o en el Grill Candilejas donde se presentaba. Allí sentado frente a un trago de whisky, escuchando la orquesta del Maestro Lucho Bermúdez, la miraba en silencio disfrutando esos momentos emotivos que lo hacían vibrar y cuando terminaba de cantar se acercaba al escenario, la colmaba de halagos y le entregaba un ramo de rosas rojas, fulgor de la naturaleza y expresión de un sentimiento que motivaba en busca de añoranzas.

Al estar frente a ella quería gritar lo que sentía, pero sabía que primero tendría que conquistarla para no decepcionarse. El tiempo transcurrió sin afanes, seguía frecuentando ese lugar espectacular y mágico que lo hacía feliz. Al recordarla, brotaba de su corazón una fuerza motivadora que lo hacía sentir bien, por eso era imperativo estar allí día a día, para impregnarse de su energía. En cualquier instante se dio cuenta que a Matilde le agradaba el detalle que permanentemente le llevaba. Ella, hermosa y distinguida mujer, después de su presentación se acercaba a su mesa para darle las gracias e iniciaban charlas formales que con el tiempo se fueron convirtiendo en cercanas. Estos encuentros, propiciados y apoyados aparentemente por unas rosas rojas y por la inteligencia y la caballerosidad de Alberto Lleras, generaron la unión de dos mundos que parecían diferentes, pero gracias al amor, se gestó un matrimonio feliz que perduró hasta la muerte.

Conversando generalidades con el doctor Álvaro Araujo Noguera, exministro de Agricultura del Presidente Alfonso López Michelsen, se refirió a la coyuntura familiar que vivió el Presidente Alberto Lleras Camargo, días antes al matrimonio de su hijo Alberto Lleras con Matilde Díaz, debido a los comentarios generalizados en los diferentes medios sobre la boda. Esta situación suscitó una conversación del doctor Lleras con su hijo para indagar al respecto. La respuesta de Alberto fue tajante: “Papá, es verdad, voy a casarme con Matilde, necesito tu bendición, si no me la das, eso no me hará cambiar de opinión”. Ante esta lacónica afirmación el Presidente Lleras consciente de las libertades y responsabilidades de cada persona y de la decisión de su hijo, le respondió:  “Tienes mi bendición y mi apoyo incondicional hijo, aquí estoy para colaborarte en todo”.

Cuando Lucho se dio cuenta que el matrimonio de Matilde con el doctor Lleras era una realidad, llamó a su amigo y le dijo: “Armando estoy destrozado, las rosas rojas acabaron conmigo, ya no hay nada que hacer”, entre sollozos de un hombre abatido y unos tragos que llegaron, le nació a Armando la inspiración y compuso un paseo vallenato que llamo ‘Dolor y amor’ que un tiempo después conoció y grabó Lucho en el sello Phillips con su orquesta.

“Por qué mi Dios, por qué mi Dios/hiciste que sintiera amor/si era feliz, muy feliz/Y ahora conozco el dolor
Así es la vida sintiendo amor/cuando se quiere con toda el alma/produce mucho dolor y nunca viene la calma”.

Recientemente indagando algunas inquietudes, hablé con el doctor Alberto Lleras Puga, quien amablemente me atendió, le pedí que me contara algún detalle significativo sobre su relación con Matilde. Sin titubear me contesto: “Lo mejor que me ha pasado en la vida, es haber conocido a Matilde, con quien duré casado 39 años, aunque murió en 2002, yo permanezco viudo pero me nutro constantemente de esos recuerdos que me hacen feliz” . Entendí entonces que eso era suficiente. Un hombre inteligente como él resumió con una reflexión que brotó de su alma enamorada, una bella historia de amor.

Por Ricardo Gutiérrez