17 octubre, 2020

La humildad de los sabios: experiencias con Rafael Carrillo Lúquez

Como era de su hábito llegar antecedido en el tiempo a la cátedra, se hicieron más a menudo las cortas conversaciones logradas antes de su hora de magisterio. Un día censuró con benevolencia mi retraso en el encuentro, entonces entendí para mi satisfacción, que no le era inoportuno y que él no estaba evadido de nuestro mundo en su mundo abstracto, y que no poseía la rigidez fría y engominada de los tratadistas y pensadores de altos vuelos.

Siempre ha sido de mi gusto una taza de café cargada con jengibre, y una buena charla. En mis días de ayer, (que ya diría de antier) ambas cosas las lograba con doña Sara Daza y doña Aura Carrillo de Luque. Con la primera lo conseguía cuando era invitado por Jaime Acuña, su hijo, con quien hacía correrías a caballo por las abiertas sabanas de Patillal. Con Aura, en los últimos años de mi bachillerato en el colegio Loperena, en aquél entonces uno de los mejores de Colombia.

Sus conversaciones eran sobre los últimos libros y autores que ocupaban sus lecturas sencillas, entre ellos recuerdo a Benito Pérez Galdós, Emilio Zolá, Alejo Carpentier y los poemas del bardo hispano García Lorca, el peruano Santos Chocano y Julio Florez, el vate de los cementerios y de las tabernas de las barriadas bogotanas cuando nacía el sigo XX.

Aura, en su casa de Valledupar, siempre me decía con tono de entusiasmo: “Algún día conocerás a Rafael”. Se refería a su hermano del primer matrimonio de su padre. En esas tardes, cuando el resol apagaba su fogaje, me sentaba con el pocillo de café entre mis manos para escucharla hablar sobre el mundo maravilloso que había vivido junto a él, en Bogotá, en la cual le había presentado a sus contertulios capitalinos como Darío Echandía, Gerardo Molina, Abel Naranjo Villegas, y algunos extranjeros entre quienes retengo a Janio Cuadros del Brasil, Arturo Uslar Pietri de Venezuela y Mariano Picón Salas de México.

Dos años después, sus deseos se harían ciertos. Una mañana nebulosa de Bogotá, en 1967, cuando cursaba primer año de Derecho en la Universidad Nacional, mis hermanos mayores, Pedro y Calixto, estudiantes también de allí en Agronomía y Geología, de lejos me señalaron a alguien, diciendo: “Aquél señor que pasea frente a los prados de Sociología, es el doctor Rafael Carrillo”.

En porfía con mi indecisión, me propuse abordarlo con el temor de interrumpir sus ilustradas reflexiones, pero fue más mi deseo de conocer a mi mítico paisano cuya nombradía de doctor había escuchado desde siempre. Allí, ante mis ojos, tenía a un hombre de estatura mediana, en la edad del sexenio, de pasos reposados, de lentes transparentes, corbata negra sobre el fondo blanco de una camisa, cubierto con una gabardina parda que le llegaba debajo de las rodillas y un maletín en la mano del mismo color.

Buen día señor, ¿usted es el doctor Rafael Carrillo?”, le interpelé. Con una sonrisa leve asintió con la cabeza. Confieso que me aturdí un poco; me identifiqué con mis apellidos y como oriundo de la remota aldea nevadina donde ambos habíamos nacido. Entonces se le iluminó el rostro con una ancha sonrisa. Sin que lo esperara, me hizo un reconteo de algunos episodios de su infancia distante. Evocó el acarreo de agua en barriles de madera del río Candela para el servicio de su casa, el olor dulzón de la molienda de caña en los trapiches de rodetes, el acarreo de mulas bajando y subiendo repechos a Dungakare, el fundo paterno, y la tristeza de los carrizos indígenas en los atardeceres entre el canto dolido de los gallos.

Algo más me dijo sobre un parentesco con mi abuela materna, María Fuentes Cotes, y de una atención con brandy que le había hecho mi papá, entonces telegrafista del lugar, en la ocasión en que regresó por unos días a la aldea al término de sus primeros estudios universitarios. Cuando creí que había terminado sus evocaciones por haber hecho una pausa de silencio, me sentí obligado a reanudar el diálogo que se apagaba.

Le inquirí entonces sobre su tiempo en Alemania, averiguándole cúal fue la primera ciudad donde tuvo base en ese país, a lo que me contestó que Heidelberg. No teniendo más que decirle, algo desorientado y confundido, sin secuencia lógica en los temas del momento, le solicité que me explicara el origen de tal nombre. Respondió que al respecto existían tres hipótesis. De seguido comenzó su explicación sobre una de ellas. Me arrepentí de haber hecho un desperdicio con esa pregunta estéril, sin magnitud. Llevaba un buen tiempo con detalles de los primeros asentamientos humanos en esa región de Alemania hasta cuando la campana de Sociología indicó la hora de cambio de cátedra en la cual comenzaba la del doctor Carrillo. Me despedí con la cortesía de una venia.

A la misma hora, la semana seguida me dispuse abordarlo otra vez, con un poco de indecisión en cortarle el hilo de sus elucubraciones con mi conversación frívola, no obstante, me había preparado con la lectura de párrafos de La Teoría Pura del Derecho de Emmanuel Kant, algo de Hans Kelsen y de la triada hegeliana, que era lo que tenía más a mano. Pero otra vez el doctor Carrillo enrumbó los temas a la vida aldeana que había llevado en su niñez. Deduje entonces que él era un alma solitaria asediado por su mundo de recinto cerrado que necesitaba compartir sus distantes remembranzas de una época borrada de su vida de ahora.

Me dijo en tal ocasión el nombre de dos perros que tuvo, de sus andanzas por las lomas vecinas con la muchachada de su edad recogiendo peregüetanos, guayabitas ácidas y rabiacanas en los repelones de las sabanas, de las danzas de los diablos en Corpus Christi y de los castigos y reprensiones de sus padres Antonio María Carrillo y Mercedes Luque, por las faltas veniales de él y de sus hermanos.

“UN MERO MAESTRO”

Como era de su hábito llegar antecedido en el tiempo a la cátedra, se hicieron más a menudo las cortas conversaciones logradas antes de su hora de magisterio. Un día censuró con benevolencia mi retraso en el encuentro, entonces entendí para mi satisfacción, que no le era inoportuno y que él no estaba evadido de nuestro mundo en su mundo abstracto, y que no poseía la rigidez fría y engominada de los tratadistas y pensadores de altos vuelos.

Entre los altibajos de su ministerio docente, me refirió en una de tales ocasiones que la Universidad Javeriana le había suspendido la cátedra de Filosofía, porque, cumplidas todas las exposiciones de tales doctrinas en las etapas de la historia, llegó a la parte final con la explicación del pensamiento filosófico del marxismo, teoría que en ese entonces dominaba medio mundo, pero los padres jesuitas de allí no permitieron que traspasase los límites de la escolástica con San Agustín de Hipona y Santo Tomás de Aquino.

Lo mismo ocurrió con el diario El Siglo, periódico donde algunas veces publicaba sus ensayos, pero en una ocasión Gerardo Molina, rector de la Universidad Nacional, lo llamó como a otros intelectuales de la época para rediseñar la cátedra y ponerla a tono con el pensamiento moderno de tal disciplina, especialmente con la orientación de los filósofos alemanes que llevaban la vanguardia, pero desde las páginas de ese diario lo atacaron aduciendo que se  estaba envenenando a la juventud de Colombia con doctrinas tóxicas de tendencias socialistas. Al recordar esos tropiezos de su cátedra libre, ponderaba su neutralidad en los debates ideológicos de ese entonces, diciendo: “Yo sólo era un mero maestro que enseñaba filosofía, y nada más”.

Uno de esos días me dijo: “Anota mi teléfono. No lo vayas a dar a nadie más. Ya estás a punto de terminar carrera. Cuando lo necesites, llámame, que esos muchachos de la Corte Suprema fueron mis alumnos”. Correspondí esa gentileza anotándole en un papelito mi número telefónico que guardó en una secreta de su billetera, sabiendo de antemano que jamás me llamaría.

UNA TRAGEDIA

Se anudó más ese acercamiento que mantuve cuanto pude con él, cuando Ricardo González Mestre y Rodrigo Aarón Medina, mis inseparables compañeros de los tiempos del Loperena, a quienes nos llamaban las tres Erres (apelativo con que nos bautizó Evelio Daza) ingresaron como alumnos suyos a la Facultad de Filosofía. Confieso que yo estuve en un tris de estudiar lo mismo pero mis hermanos mayores torcieron mi destino enrumbándome por la carrera de las leyes. En las primeras horas de la noche, después de la cena, por los jardines del Centro Nariño continuaban nuestras eternas discusiones en asunto de humanidades e invariablemente salía el elogio de ellos para las cátedras del doctor Carrillo. Este, a su vez, me ponderaba la desbordada inteligencia de Ricardo en la temática de su disciplina universitaria.

En cierta ocasión quise adentrarme en el pensamiento filosófico del doctor Carrillo y solicité dos de sus obras en la biblioteca de mi Facultad: Ambiente Axiológico de la Teoría Pura del Derecho y Escritos Filosóficos. Entendía uno que otro párrafo y lo que no asimilaba por mi escasa formación en tales disciplinas, los copiaba a mano para pedirle a Ricardo que me los explicara. Un día llegó la fatal noticia de la caída de una aeronave de TAC, Transportes Aéreos del Cesar, en la Serranía de Perijá, cuando cubría un vuelo hacia Valledupar.

 Los reportes del desastre que golpeó a muchas familias amigas de nuestra provincia, nos llegaban contradictorios. Seguí paso a paso las noticias de radio sobre tal acontecimiento porque allí iba viajando Ricardo, y hasta yo mismo estuve a punto de hacerlo, pero el cambio de fecha de un examen en la Universidad me impidió tomar ese vuelo. Cuando la tragedia se hizo verdad confirmada, llegó a mi apartamento Rodrigo Aarón demudado y deshecho en lágrimas. Transidos de dolor nos abrazamos sin decir palabra. En las horas de la tarde me sorprendió la llamada del doctor Carrillo. Sólo me dijo: “Rodolfo, las palabras de condolencia son recíprocas. Tu perdiste a tu mejor amigo y yo he perdido a mi mejor alumno. Creí que por fin había encontrado a mi sucesor en él”.

La tarde de un viernes de 1973 (no preciso el mes) caminaba con Rodrigo Aarón por una calle de nuestra Ciudad Universitaria. Nos encontramos con el doctor Rafael a quien saludamos con una venia como correspondía a su rango. Nos invitó a una conferencia de unos físicos o matemáticos extranjeros que iban a disertar sobre algún aspecto de la Teoría Cuántica, en el aula máxima de la Facultad de Ciencias de la Educación. Con desgano aceptamos la invitación por complacerlo pues eran tópicos que no estaban en nuestro mundo de afición. El evento se desarrolló con filminas y tablero. Cuando hubo terminado se dio la intervención de los asistentes. Una mano en alto pidió la palabra. Era el doctor Carrillo quien extrajo de su maletín una revista en alemán y un periódico en francés de fechas recientes. Leyó traduciendo ambos textos, luego tomó tiza y se fue al tablero donde desarrolló unas fórmulas matemáticas, que contradecían algo de lo expuesto por los conferencistas. Cuando terminó, una cerrada ovación llenó el recinto. El doctor Carrillo solo hizo una leve inclinación de cabeza, y tomando su eterno maletín café salió de la estancia. Días después lo logré ubicar, y me contestó con la humildad de los sabios, en esa ocasión en que lo felicité por su intervención del otro día, “que se sintió abochornado por esas palmas de la concurrencia porque entendía que era una nota destemplada y descortés para los exponentes de aquella disertación”.

ALEMANIA Y EL AMOR

Cuando terminé estudios superiores lo perdí de vista por un tiempo porque regresé a Valledupar para ocuparme como personero Municipal por cuatro períodos consecutivos (la elección en ese entonces era anual). Volví a la capital para hacer mis especializaciones. Allí residía con Mary y María Isabel, nuestra primera hija, en un aparta-estudio en cercanías al Hospital Militar. Los domingos, en horas de la mañana, iba hasta el Capitolio donde laboraba como jefe de Tramitación de Leyes para recoger en mi oficina los periódicos dominicales de todo el país. Con ellos me iba al Hotel Continental donde sabía que encontraría al doctor Carrillo, en la cafetería, tomando su taza de capuchino. Allí leía la prensa capitalina del domingo y le regalaba los magazines a la empleada que lo atendía. Entonces lo ponía a escoger las revistas dominicales de la prensa que llevaba. Con él platicaba asuntos comunes por el tiempo que consideraba prudente, en el cual algo nuevo me enseñaba pues tenía la adicción del maestro en transmitir siempre temas de su sofisticada cultura.

Alguna vez traté a Rafael Carrillo-Protz, su hijo alemán, en casa de José Agustín Carrillo, su tío y mi amigo contemporáneo de trompadas y cometas. Aquél hizo el viaje para conocer a su parentela de este lado del mar. Me había enterado por otros medios de un trance doloroso del maestro cuando constituyó hogar con una filósofa en Alemania, con quien tuvo a ese único hijo, viuda de un militar desaparecido durante la Segunda Guerra Mundial, pero años después apareció el primer esposo de aquella por haber estado prisionero de los rusos en Siberia. Entonces el primer hogar se reunificó, quedando el doctor Carrillo como muy allegado a esa familia Klement, a quien visitaba cuando regresaba al país germano.

Con una edad ochentona, el doctor Rafael vivía aislado en Bogotá. Su hermano, mi padrino Darío Carrillo Oñate, un hombre fino y de maneras cultas, lo rescató y lo trajo a Valledupar a casa de Cenobia, otra hermana del tercer matrimonio de su progenitor. Allí lo visité una que otra tarde en compañía de José Agustín. Nos recibía sentado en un corredor, y en ocasiones en su aposento. Los temas de esos días eran del acaecer diario para romper su aislamiento con el mundo actual. Un día nos dijo que quería escuchar los carrizos indígenas de Atánquez. Nos aprestamos a complacerlo prometiéndole traerlos, pero nos atajó el intento cuando nos contestó que sólo lucía oírlos en el entorno de las quebraduras de nuestra aldea. La vida no le dio para eso. Su alma se unió a la de sus antepasados el 17 de julio de 1996.

José Antonio Murgas improvisó una sentida oración fúnebre en las naves de La Concepción, ante una multitud de asistentes a sus exequias. Alicaído por el naufragio de esa inteligencia hundida en los abismos de la muerte, me fui de allí abstraído con la idea que, quizás, en otro plano astral, él seguiría pontificando su cátedra de filosofía en alguna antigua academia griega, escuchando a los viejos carriceros de la Sierra que ya también habían partido, para el deleite de su luminoso pensamiento, disuelto, tal vez, entre las notas quejumbrosas y fatalistas de un primitivo carrizo aldeano.

Casa de campo Las Trinitarias, Minakálwa (La Mina), territorio de la Sierra Nevada, septiembre 30 de 2020.

 Por   Rodolfo Ortega Montero