Eran las 10 de la noche del 24 de octubre cuando Alberto Mario Ariño Tarriba, un joven abogado de 25 años, salió como todos los viernes de dejar a su novia en casa tras compartir un día con ella. Tomó su motocicleta, ajustó el casco, el chaleco reflectivo y emprendió el camino desde Candelaria Norte hacia su vivienda, ubicada en la unidad campestre Las Marías, vía Valledupar-La Paz. Nada fuera de lo común. Nada que anunciara que aquella sería su última ruta.
Valledupar parecía tranquila. El clima fresco de octubre soplaba sobre la avenida, los árboles apenas se movían, y el camino conocido para Alberto Mario era también, en apariencia, seguro. Pero a pocos kilómetros, un grupo de motociclistas había convertido el tramo en una pista improvisada, una más de esas “rodadas” clandestinas que se citan por WhatsApp como si se tratara de encuentros inofensivos.
Ese cruce de destinos —el de un joven que respetaba las normas y el de quienes las ignoran sin medir consecuencias— terminó siendo mortal.










