“¿Yo qué estoy haciendo?”, fue la pregunta que se hizo Iris Curvelo Uriana cuando experimentó el vértigo del vacío al que se precipitaba su vida en caída libre. “Me voy a envejecer y ¿qué voy a hacer? Soy feliz con mi familia, con mis hijos, pero tengo que hacer algo por mí”. Su existencia había llegado a un punto de quiebre; había visto la agonía de sus sueños y sus procesos creativos; había sido protagonista y testigo de la transformación de una niña alegre y soñadora en una adulta triste y resignada, y se encontraba ahí, cara a cara con el denso muro de una realidad que le impedía dar un paso más.
“Llego un momento en que yo me sentía tan vacía”. Las reminiscencias le muestran episodios con una pareja machista “que no me dejaba ser”, ni hacer, que la cohibía, diciendo cosas como “tú naciste para barrer, trapear, cocinar; yo te doy todo, no te hace falta nada” y otras expresiones de maltrato psicológico que han sido naturalizadas por el machismo drenador del espíritu y la vitalidad femeninas. Ella era como una oruga en su fase final, cuando ya no puede alimentarse y queda inmóvil, vulnerable y atrapada dentro de la crisálida. Entonces acudió a Dios y le suplicó que la sacara de ahí.











