Las temperaturas de la región Caribe, de enero a diciembre, obligan a miles de ciudadanos a buscar refugio en el aire acondicionado. Sin embargo, en el afán de enfriar las habitaciones de forma rápida, la costumbre de encender el equipo y bajar el termostato a 16 grados se ha convertido en una fuga de dinero para las finanzas familiares.
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Esta práctica ocurre en un escenario eléctrico que ya está al límite. En los últimos meses, la demanda de energía en la región creció más de un 9%, un aumento que sobrepasó la capacidad de la infraestructura local. La empresa operadora argumenta que esta sobrecarga quema los transformadores en las calles, causando los cortes y la intermitencia que paralizan la rutina de los barrios. Mientras el sistema falla afuera, el daño financiero ocurre puertas adentro.
Existe la creencia de que programar el control al mínimo enfriará el espacio en menos tiempo. La física demuestra lo contrario. El equipo expulsa el aire a la misma temperatura siempre; el termostato solo le indica en qué momento debe detenerse. En una ciudad donde la temperatura externa supera los 38 grados, una habitación jamás llegará a los 16. El resultado directo es que el motor trabaja al cien por ciento de su capacidad, sin pausas y consumiendo kilovatios de forma continua.






