Publicidad
Categorías
Categorías
Entrevista - 1 marzo, 2020

Félix Molina-Flórez: la infancia es el aposento de nuestros miedos

El escritor y abogado Carlos César Silva entrevistó al poeta vallenato Félix Molina-Flórez a propósito de su último libro El álbum de la infancia.

Boton Wpp

Mi amigo Félix Molina-Flórez dibuja con sus versos nostálgicos a un niño que se esconde en las heridas del tiempo, a un hombre que sostiene sobre su mano derecha la música del insomnio y a una mujer que escudriña en sus delirios los tibios recursos del sexo. La voz de Molina-Flórez me sabe a una soledad tan grande como la ausencia de Dios y a un sueño gris donde la tristeza no se quita la máscara.

Mi amigo escribe sobre su vida para evidenciar los conflictos vitales de cualquier ser humano: el hambre, el tedio, el olvido, la rabia, la angustia, la muerte. En su último poemario titulado El álbum de la infancia, Félix muestra su pasado para perturbar nuestro presente. Le canta a sus padres y a sus poetas para que nos encontremos con nuestros tormentos:

¿Para ti la infancia es un tema trascendental, una obsesión literaria o una etapa traumática?

Creo que la infancia es la etapa más importante del ser humano. Somos el reflejo de lo que fuimos cuando niños. En la infancia están casi todas las respuestas a los problemas trascendentales del hombre; eso lo supe leyendo a Freud cuando era un adolescente (ahora pude entenderlo mejor). De manera que para mí la infancia, mi infancia, es la época más significativa en la vida: en ella amé la lluvia, inventé mundos oníricos, diseccioné las palabras, conocí y amé a mi madre, empecé a leer, fui feliz, como dice Gómez Jattin, de una manera no conocida, me enfrenté a la tristeza, odié la oscuridad… Y todo eso determinó mi postura frente al mundo; claro, eso sí, matizado por la literatura que terminó ayudándome a descubrir mis ganas de escribir. Así que creo que mi infancia es esa triada: una obsesión literaria, un tema transcendental y una etapa traumática, porque allí se construyeron mis oriundos miedos.

¿Escribes sobre las penurias de tu infancia para hacerle un homenaje a tus padres o para vengarte de ellos por sus errores?

En mi infancia odié a mi padre: no me preguntes por qué. Amé, sin medida, a mi madre. Enfrenté de niño ese difícil dilema. Cuando mi madre falleció, todo ese amor se volcó hacia mi padre, a quien perdoné en silencio, pues entendí que él había sido víctima, también, de una infancia atroz. Superado ese asunto, empecé a considerar escribir de la manera más poética y menos artificiosa posible, algunos menesterosos poemas que abordaran aquella etapa tan compleja. Así que puedo decir que ninguno de mis poemas intenta ser una forma de reproche a mis padres, al contrario, es un homenaje a su papel fundamental en la manera cómo empecé a asumirme en la vida: un derrotado que intenta salir victorioso.

Otro tema recurrente en El álbum de la infancia, y en toda tu obra, es la muerte.

La muerte, a mi modo de ver, es el gran tema en el arte y la literatura. Las grandes obras, -pienso en Shakespeare, Goethe, Mann, García Márquez, Borges, Rulfo, Sábato-, abordan ese tema de manera magistral. De hecho, nuestro destino inefable es la muerte, y para intentar evadir esa realidad tan fáctica, nos inventamos paraísos, edenes.

De esto me di cuenta cuando estaba niño, sobre todo al ver a mi abuela adentro de un cajón. Cuando mi madre falleció, empecé a mirar la muerte como un asunto filosófico que debía entender. Esa idea la tenía desde niño, pero fue a partir de mi adolescencia cuando el asunto pasó de ser un tema meramente teológico (como lo enseña la iglesia) a convertirse en una obsesión estética. No sé si he logrado capitalizarlo.

Al leer el capítulo El silencio que nos canta es inevitable encontrar la antigua relación que existe entre la música y la poesía.

La poesía es música (basta leer a Vallejo, a Quessep, a Ida Vitale para darse cuenta). Pero es una música que se construye con las palabras y silencios. El poeta debe saber de música, debe saber acomodar una palabra, elegir un silencio, ‘partir’ un verso, decidirse entre una aliteración o una anáfora. En El silencio que nos canta intento hacer un homenaje a la música de manera explícita. De hecho, los títulos son claves musicales. Y con ello, también, me remito a mi época de adolescente cuando ‘mataba moñas’, ponía serenatas y componía canciones. Ahora que lo veo, ese poemario es un memorable homenaje a mis recuerdos.

Los poemas de la última sección del libro no están dedicados a tu infancia, sino a Héctor Rojas Herazo, a Raúl Gómez Jattin, a Clemencia Tariffa, a Jorge García Usta y a Luis Mizar: ¿estos autores son tus padres poéticos?

El escritor es todo lo que ha leído y lo que ha vivido. Ningún buen escritor llega a hacerlo si antes no es un extraordinario lector. Y no por la cantidad de cosas que lea; se trata de leer, en algún momento, en función de la creación estética. Yo admiro a todos esos poetas que integran esa sección del poemario por dos razones muy simples: crean con el lenguaje -el mejor de los bienes- universos estéticos muy profundos y complejos. Y segundo, porque mis preocupaciones temáticas y estilísticas son coincidentes: la muerte, el erotismo y el tiempo. Por eso están ellos, y no otros.

El álbum de la infancia fue publicado en la colección Claros del bosque de Terrear Ediciones. Háblanos un poco de esta editorial vallenata.

Valledupar tiene una deuda con William Jiménez. Es admirable el trabajo que este escritor y editor está haciendo. Mantener, sin recursos, una editorial que ha publicado a casi una decena de escritores, mantener una revista literaria de una calidad admirable es, por lo menos, una muestra de su convicción sobre el arte. La generosidad de William y su compromiso con la poesía me permitió editar este libro de poemas que, en mi humilde opinión, es una pieza muy bien lograda (hablo en términos editoriales). Ojalá que alguien le preste atención a William y lo vinculen, de una vez, a un proyecto editorial con mayores alcances. Ojalá.

Finalmente, ¿para qué sirve la poesía en un mundo donde hay que comprar un mercado, pagar el arriendo de la casa y caminar con cuidado para que no nos maten en cualquier esquina por robarnos el celular?

Agustín Basave respondió esa pregunta hace tiempo: la poesía nos ayuda a soportar esa excesiva racionalidad del hombre. La poesía nos instaura. Nos permite ver el mundo con otros ojos; diferentes a los ojos de los mercaderes y comerciantes. La poesía nos vivifica, como dice Octavio Paz. Nos nutre. Nos permite usar el lenguaje en su máxima posibilidad creativa. La poesía, como dice Gómez Jattin: “Es la única compañera”.

Por Carlos Cesar Silva – Invitado

Entrevista
1 marzo, 2020

Félix Molina-Flórez: la infancia es el aposento de nuestros miedos

El escritor y abogado Carlos César Silva entrevistó al poeta vallenato Félix Molina-Flórez a propósito de su último libro El álbum de la infancia.


Boton Wpp

Mi amigo Félix Molina-Flórez dibuja con sus versos nostálgicos a un niño que se esconde en las heridas del tiempo, a un hombre que sostiene sobre su mano derecha la música del insomnio y a una mujer que escudriña en sus delirios los tibios recursos del sexo. La voz de Molina-Flórez me sabe a una soledad tan grande como la ausencia de Dios y a un sueño gris donde la tristeza no se quita la máscara.

Mi amigo escribe sobre su vida para evidenciar los conflictos vitales de cualquier ser humano: el hambre, el tedio, el olvido, la rabia, la angustia, la muerte. En su último poemario titulado El álbum de la infancia, Félix muestra su pasado para perturbar nuestro presente. Le canta a sus padres y a sus poetas para que nos encontremos con nuestros tormentos:

¿Para ti la infancia es un tema trascendental, una obsesión literaria o una etapa traumática?

Creo que la infancia es la etapa más importante del ser humano. Somos el reflejo de lo que fuimos cuando niños. En la infancia están casi todas las respuestas a los problemas trascendentales del hombre; eso lo supe leyendo a Freud cuando era un adolescente (ahora pude entenderlo mejor). De manera que para mí la infancia, mi infancia, es la época más significativa en la vida: en ella amé la lluvia, inventé mundos oníricos, diseccioné las palabras, conocí y amé a mi madre, empecé a leer, fui feliz, como dice Gómez Jattin, de una manera no conocida, me enfrenté a la tristeza, odié la oscuridad… Y todo eso determinó mi postura frente al mundo; claro, eso sí, matizado por la literatura que terminó ayudándome a descubrir mis ganas de escribir. Así que creo que mi infancia es esa triada: una obsesión literaria, un tema transcendental y una etapa traumática, porque allí se construyeron mis oriundos miedos.

¿Escribes sobre las penurias de tu infancia para hacerle un homenaje a tus padres o para vengarte de ellos por sus errores?

En mi infancia odié a mi padre: no me preguntes por qué. Amé, sin medida, a mi madre. Enfrenté de niño ese difícil dilema. Cuando mi madre falleció, todo ese amor se volcó hacia mi padre, a quien perdoné en silencio, pues entendí que él había sido víctima, también, de una infancia atroz. Superado ese asunto, empecé a considerar escribir de la manera más poética y menos artificiosa posible, algunos menesterosos poemas que abordaran aquella etapa tan compleja. Así que puedo decir que ninguno de mis poemas intenta ser una forma de reproche a mis padres, al contrario, es un homenaje a su papel fundamental en la manera cómo empecé a asumirme en la vida: un derrotado que intenta salir victorioso.

Otro tema recurrente en El álbum de la infancia, y en toda tu obra, es la muerte.

La muerte, a mi modo de ver, es el gran tema en el arte y la literatura. Las grandes obras, -pienso en Shakespeare, Goethe, Mann, García Márquez, Borges, Rulfo, Sábato-, abordan ese tema de manera magistral. De hecho, nuestro destino inefable es la muerte, y para intentar evadir esa realidad tan fáctica, nos inventamos paraísos, edenes.

De esto me di cuenta cuando estaba niño, sobre todo al ver a mi abuela adentro de un cajón. Cuando mi madre falleció, empecé a mirar la muerte como un asunto filosófico que debía entender. Esa idea la tenía desde niño, pero fue a partir de mi adolescencia cuando el asunto pasó de ser un tema meramente teológico (como lo enseña la iglesia) a convertirse en una obsesión estética. No sé si he logrado capitalizarlo.

Al leer el capítulo El silencio que nos canta es inevitable encontrar la antigua relación que existe entre la música y la poesía.

La poesía es música (basta leer a Vallejo, a Quessep, a Ida Vitale para darse cuenta). Pero es una música que se construye con las palabras y silencios. El poeta debe saber de música, debe saber acomodar una palabra, elegir un silencio, ‘partir’ un verso, decidirse entre una aliteración o una anáfora. En El silencio que nos canta intento hacer un homenaje a la música de manera explícita. De hecho, los títulos son claves musicales. Y con ello, también, me remito a mi época de adolescente cuando ‘mataba moñas’, ponía serenatas y componía canciones. Ahora que lo veo, ese poemario es un memorable homenaje a mis recuerdos.

Los poemas de la última sección del libro no están dedicados a tu infancia, sino a Héctor Rojas Herazo, a Raúl Gómez Jattin, a Clemencia Tariffa, a Jorge García Usta y a Luis Mizar: ¿estos autores son tus padres poéticos?

El escritor es todo lo que ha leído y lo que ha vivido. Ningún buen escritor llega a hacerlo si antes no es un extraordinario lector. Y no por la cantidad de cosas que lea; se trata de leer, en algún momento, en función de la creación estética. Yo admiro a todos esos poetas que integran esa sección del poemario por dos razones muy simples: crean con el lenguaje -el mejor de los bienes- universos estéticos muy profundos y complejos. Y segundo, porque mis preocupaciones temáticas y estilísticas son coincidentes: la muerte, el erotismo y el tiempo. Por eso están ellos, y no otros.

El álbum de la infancia fue publicado en la colección Claros del bosque de Terrear Ediciones. Háblanos un poco de esta editorial vallenata.

Valledupar tiene una deuda con William Jiménez. Es admirable el trabajo que este escritor y editor está haciendo. Mantener, sin recursos, una editorial que ha publicado a casi una decena de escritores, mantener una revista literaria de una calidad admirable es, por lo menos, una muestra de su convicción sobre el arte. La generosidad de William y su compromiso con la poesía me permitió editar este libro de poemas que, en mi humilde opinión, es una pieza muy bien lograda (hablo en términos editoriales). Ojalá que alguien le preste atención a William y lo vinculen, de una vez, a un proyecto editorial con mayores alcances. Ojalá.

Finalmente, ¿para qué sirve la poesía en un mundo donde hay que comprar un mercado, pagar el arriendo de la casa y caminar con cuidado para que no nos maten en cualquier esquina por robarnos el celular?

Agustín Basave respondió esa pregunta hace tiempo: la poesía nos ayuda a soportar esa excesiva racionalidad del hombre. La poesía nos instaura. Nos permite ver el mundo con otros ojos; diferentes a los ojos de los mercaderes y comerciantes. La poesía nos vivifica, como dice Octavio Paz. Nos nutre. Nos permite usar el lenguaje en su máxima posibilidad creativa. La poesía, como dice Gómez Jattin: “Es la única compañera”.

Por Carlos Cesar Silva – Invitado